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| Nadie menos indicado que el propio autor para hablar sobre su obra. ¿Qué puedo yo decir de mis poesías de amor y de locura? Ellas son, finalmente, pobres flores huérfanas; aunque creyeron haber hallado en mi sombra y en mi soledad, madre generosa, cuánto temor se apodera de mi ánimo, cuántos sentimientos confusos me arrastran, si pronuncian mi nombre. Deseo huir de ellas, cuando las veo venir, hambrientas, a mis pies. Suben por mis huesos como hiedras. Bailan en mi alma no sé qué extraños ritmos. Celebran el amor y la maldad de una manera y un modo que no entiendo, pero que a la vez me complace.
Quise yo ser una buena mujer, una más del montón de las señoras piadosas, mas heme aquí, con mi evangelio torcido y mi canto convertido en escándalo por su culpa. ¡Por su culpa!
Las quiero. Todavía las quiero, sobre todo a la noche. Dicen las palabras que tanto quise decir. Por su vida mi existencia conversa con Dios y con los demonios. Me hacen caer en la tentación de la carne.
Estaremos siempre juntas, más allá de los siglos.
Creo en ellas. Y necesito creer que ellas creen en mí. | |
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El título de este poemario, Lamentos y ecos urbanos, es absolutamente significativo del contenido del mismo. En él, Julio César Aguilar desnuda la realidad de los individuos modernos que habitan en las macro-urbes, esa realidad desoladora, enajenante y artificial que se despliega en un ámbito espacial de moles de cemento, rascacielos de titanio y edificios de cristal y que se vertebra en arterias de asfalto, calles empedradas y aceras adoquinadas, esa realidad deshumanizante en la que los hombres y mujeres pululan en un desconcierto de soledades, en la incertidumbre de la incomunicación y en el absurdo de una existencia de gallina ponedora, de perro guardián, de loro vocero o de hormiga laboriosa y se agolpan en el muro del progreso en un amasijo de vidas reunidas por idéntico infortunio y similar negro presente. La ciudad se presenta como un cosmos hermético, asfixiante, gélido y anónimo, como un desierto alquitranado de nihilismo, mientras que el sujeto humano se descubre como un ser ínfimo, desvalido y lastrado de impotencia, como un soldado desarmado en medio de una continua refriega, como un ruiseñor que trina y muere en cualquier suburbio. Eso sí, precisamente por esta consciencia de humanidad precaria que anonada al urbanita, por el reconocimiento de su insignificancia, por la necesidad de autosuperación que le es propia a éste, Julio César Aguilar entorna la puerta de la esperanza y afirma creer aún en la bondad de los seres humanos, en la magia del universo, en la grandeza de la vida y en la verdad de la poesía.
ADRIÁN ARZA | |
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Voy sin alas por el mundo. Considero que mi residencia es la patria Iberoamericana donde quisiera que algún día mis versos germinen espléndidos y haga que vuestros corazones se encaminen hacia un nacimiento de virtudes alejando las barreras que destrozan la amistad entre los pueblos.
En mis versos dejo entrever por medio de alegorías, que lo único creíble en el hombre es que pasamos la vida tratando de acrecentar los recuerdos para que nuestra vivencia física no sea olvidada, pero muy poco hacemos porque el bien sea el escudo que brinde protección contra los adversarios que rodean las mínimas acciones que realizamos. Hoy día podemos caminar dichosos por las calles de las ciudades que nos acogen. Mañana, por las mismas aceras, entre llantos que parten el alma; a la morada del silencio. Emprendemos una carrera incontenible devorando con frugalidad no muy largos años para luego terminar en una dimensión oculta.
En mis ofrendas poéticas, el hombre nace a diario en el cálido regazo inexpugnable de la tierra y se marcha de improviso recogiendo sus rastros presurosos donde irremediablemente el adiós derrumba la torre donde se levantaba el pedestal; de su gloria.
En mis entregas líricas, recojo la euforia vital de rayos fulgurantes que atraviesan el límpido azul del cielo, impregnado de energía liberada y hace caminar al mundo en su ruta indetenible y extraña.. En el blanco manto tejido con mis ficciones, abrigo todo el frenético embrujo que se pierde cada mañana cuando la ira cercena el cerebro. Todo lo resumo en versos; pueden hacer el milagro de romper las barreras de conciencias endurecidas y despertar nuevas auroras donde el hombre puede abrir los brazos con libertad y vivir de la grandeza divina en el edén terrenal. Sólo se perenniza el tránsito apurado de la vida, cuando las obras; aunque pequeñas, alguna vez arrancaron la sonrisa agradecida hasta del propio enemigo.
Canto a lo bueno de este valle trágico y ajeno. En mi no caven elogios a la maldad reinante. Sólo así, recibo los primeros rayos del sol plenos de júbilo y algarabía. Canto al terruño lejano, aquel que palpita en mi ser cuando lo evoco sumido en la nostalgia agobiante que da la distancia. Es el bálsamo con sabor a reminiscencias que ha quedado tallada en el árbol de mis mejores años; toda una historia que horada el cimiento donde reposan las más puras remembranzas de un pasado que hurga de vez en cuando en el presente y señala el rumbo del futuro.
El amor desfila en mis versos con toda su real potencia deslumbrante, con sus defectos y bondades que dan origen a las más grandes realizaciones del hombre. El amor es básico y fundamental como vía de escape e impulso que conlleva hacia el logro de triunfos increíbles, con lo que se justifica nuestra sublime procedencia como descendientes de un ser superior y que debemos emularlo aunque tengamos que nacer de nuevo. En "CON LOS OJOS LLENOS DE ILUSIÓN" le canto en poesía a los albores y atardeceres patria de mi infancia, cuna fraterna que fue lo primero que vieron mis ojos niños; y es donde resido y diariamente la contemplo extasiado de afecto maternal. | |
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Recuerda, último libro de Jesús Aller hasta la fecha, supone un regreso al poema, en verso y en prosa, y una nueva y madura incursión en las viejas obsesiones. Asistimos en él a un recorrido por la historia del Universo desde sus mismos orígenes hasta los acontecimientos que nos preocupan hoy. Literariamente, el libro supone un tratamiento poético de materiales tan heterogéneos y difíciles como las ideas cosmológicas o geológicas más recientes, la psicología budista o el discurso radical altermundista. Es un difícil reto, pero al final todas las voces y todos los discursos, y la conjunción aquí también de bellas fotografías, acaban construyendo un libro que destila una extraña y sugestiva unidad.
Frecuenten a este autor. Comprobarán que sus escritos nacen solo de una poderosa necesidad, más allá de la profesión o el entretenimiento. Y prepárense para afrontar, en verso y en prosa, altas dosis de intensidad, ese bien tan escaso hoy día en nuestras letras. No es esto algo que pueda despreciarse. | |
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Recién terminada la guerra, un hombre al que arrastran dos perros dálmatas, camina por una ciudad devastada. Atravesar una calle para escapar de su casa lo hace sólo un muchacho, pero este hombre que recorre las calles todo el día, no es más un muchacho y no escapa de
casa. Es Torino la ciudad devastada y el hombre al que arrastran los perros, se llama Cesare.
Quien recuerda es mi padre, todo esto me ha dicho y no habla italiano, usa, pausado, el dialecto que, lo mismo que las piedras de estas colinas, es tan escabroso que veinte años de idiomas y océanos diversos no le han hecho un rasguño, se recuerda un muchacho, partisano de Ghío, escapando, y recuerda también a su padre que buscaba las trufas, y al amigo perdido, porque
el hombre sólo escucha la voz antigua que sus padres, en el tiempo, han oído, clara.
Cada vez que leo a Pavese vuelven los perros, la ciudad devastada, los partisanos de Ghío, la guerra, mi padre que recuerda, la voz que un día detuvo el padre de mi padre y cada uno de los muertos de la
sangre. Porque decir Pavese es también nombrar la muerte, los muertos que heredamos, la propia muerte, su presencia constante en la memoria.
Finalmente, decir Pavese es también hablar de aquel poema-relato del que él hablaba, el poema que viene a contar las historias que no pudimos narrar, aquellas que escuchamos de niños, para que después,
cuando se vuelve, como yo, a los cuarenta años, se encuentre todo nuevo, todo de nuevo, en la memoria.
María Teresa Andruetto | |
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Azul de niebla es la revelación del descubrimiento del lenguaje de las piedras, del misterio íntimo que se oculta tras los festones de bruma que envuelven el alma de la autora y del crepúsculo índigo donde penden las gotas de rocío que por la noche reposan en las palabras de cualquier poema; revelación en la que Gaby Arce Muñoz confiesa que anhela ser la estela de una estrella fugaz, trascender los límites del tiempo y quebrar la línea del horizonte cósmico desgarrando nubes de silencio, atravesando cielos insólitos, sumergiéndose en los abismos de los agujeros negros, penetrando en la entraña de los rayos de luz, recorriendo el dominio de la realidad inefable y abrazándose a Dios; revelación, en fin, que concluye con la confidencia de su propósito de regresar al universo de lo cotidiano transformada en cielo azul de primavera, en lluvia que riega esperanzas, en copos de nieve que entierran soledades, en plaga de luciérnagas que alumbran los caminos de la felicidad y en versos que cantan al amor.
ADRIÁN ARZA | |
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Sin sombra es un poemario dedicado a la muerte del amor.
Intenta mostrar todas las facetas del poliedro de la pérdida: Pasar página (recomendación inútil y bienintencionada de los cercanos), Guardar todos los objetos (deshacerse de las cosas como si fuera una catarsis), Comenzar una nueva vida (¿es posible la vida más allá de la muerte del amor?), El duelo (el duelo, siempre el duelo, aferrarse a él), El grito: falta ella y falta todo (la desesperación ante lo irreparable), El tiempo de las apariciones (adivinar su figura en la calle, el delirio), Abandonar el duelo (¿el desapego es una traición?), El dolor de la pierna mutilada (el dolor de la ausencia, del vacío), El tiempo del delirio(el dolor produce fiebre, delirio), Escribir la carta de despedida (intento de despedida), Maldecir sus recuerdos (maldecir el mundo, universal e interno), Visitar el cementerio (enfrentarse a la muerte mas desmedida), Tu fantasma me acosa (las apariciones de un alma en pena), Tú que nunca volverás (la atroz confirmación) , Efemérides, aniversarios ( a pesar de todo el tiempo pasa).
Post-scriptum
Post-scriptum es una addenda, un epílogo, el intento de descifrar, la búsqueda de la palabra más allá de la muerte del amor, la constatación de que todo no está dicho, que aún queda una deuda pendiente, los poemas para el cuerpo no fueron escritos. Ha llegado el tiempo de no escribir poemas de amor, de desamor, es el tiempo de la palabra.
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Cuando le preguntaron a una poeta por su biografía tan solo dio la fecha y lugar de su nacimiento, afirmando que “el resto es literatura”.
Frente a la tentación de construir biografías deformadas por la leyenda, construidas para adornar, engalanadas para la propia vanidad.
Buscar los viejos papeles guardados en cajas polvorientas, las fotografías desvaídas, los olores guardados en los rincones de la memoria, las imágenes aleatorias, la luz engañosa de ciudades visitadas, las palabras dichas para otros oídos, las habitaciones que un día nos dieron refugio, descanso, mal dormir, amor y dolor, las presencias intuidas…
Imágenes recurrentes que vuelven con más intensidad que cualquier accidente vital, imágenes exentas de la pesadilla existencial, sueños, deseos, apariciones, cosas que nunca se dijeron, espejismos que nos dieron la mano y nos salvaron.
Estancias, habitaciones, lugares, imágenes que por azar o descuido la memoria guardó con una impresión profunda, seña, marca, huella...
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Escribir sobre lo inefable es tarea insensata, causa perdida y sin embargo qué otro fin podemos pretender.
Como los exploradores enviados a continentes aún no cartografiados, con una brújula, el sol como referente y un cuaderno de campo donde registrar sus descubrimientos.
Sabedores que las montañas, el desierto, el oasis, las pistas de nómadas apenas pueden dar unos puntos de referencia pero nunca describir, relatar el inmenso territorio, el continente y lo contenido.
Sólo el viajero conoce el frescor del amanecer, el deslumbramiento, el desasosiego ante la pérdida, la emoción del descubrimiento.
Intentar escribir sobre lo sutil, sobre lo que no puede ser dicho con claridad, sobre la esencia inaprensible...
Sólo el amante y la amada, el tiempo extasiado, el espacio resguardado.
Se dice que el dios Shiva y amada la diosa Parvati gozaron todas las noches del amor durante mil años.
Y aquel apenas pudo exclamar:
¡Todo lo que se puede anhelar está en ti, Parvati!
¡Tú eres el único fin que el hombre debe alcanzar! | |
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En el Pacífico es una obra que nació tras la evidencia de un pasado lejano en el que varios personajes se vieron involucrados en una bella aunque cruenta historia de amor, un amor sin precedentes, con tintes de leyenda, una relación envuelta en una membrana de miedo silenciado, sólo patente en la entrega absoluta de la protagonista. Es una obra que nace debido a la urgente necesidad de luz.
El poemario está dividido en tres partes. La primera parte, titulada Las
piezas, presenta a los personajes y muestra sus primeras acciones. Son pinceladas que aparecieron en sueños y fueron salpicadas en unos poemas que evocan amargos y hermosos recuerdos. Son versos escritos con un inquietante apremio:
“Tuve que escribir lo sucedido./Fue preciso./Fue apremiante”
En la segunda parte, El puzzle, las emociones afloran con una alarmante facilidad aunque algunas de las rimas son mucho más concretas. Es aquí donde el sentimiento amoroso ocupa su merecido lugar, es aquí cuando comienza a vislumbrarse la esperanza de un encuentro venidero, a pesar de los impedimentos existentes y del paso del tiempo. Son poemas que ahondan en certezas descubiertas forzosamente. Me parece oportuno destacar el poema
Desierto azul, que es una visión en la cual un unicornio con un cuerno central y dos astas laterales, transmite su mensaje milenario:
“Ese hombre que vino del principio/ es la mujer que ahora eres tú.”
La tercera parte de En el Pacífico, que lleva por nombre El cuadro, es una explosión de color, de pasión, de ternura y de dulce entusiasmo. Es el amor en toda su magnificencia y esplendor:
“Despertaron a la noche de verano/ y desayunaron caracolas frescas/ con esencias de flores australianas.”
Si tuviera que definir el poemario con un único adjetivo, diría que es una obra balsámica.
María José Arques Cano
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Se dice que los poetas tienen siempre un único tema y que la proliferación temática que nos proponen sólo sería una estratagema para disuadirnos de poner en evidencia su íntima tarea, para persuadirnos de que su quehacer es una labor meramente humana. (...) El destino del poeta consiste en estar atado a un exclusivo dictum, a un único anuncio, a una sola e inefable palabra. Y las otras, las palabras que construyen el poema y los poemas que se suman en un libro y los libros que se multiplican serían únicamente instrumentos para encubrir y a la vez manifestar secretamente -es decir, subterráneamente- dicho dictum, dicha inefabilidad. (...) Precisamente, la poesía,-ésta que no es el poema- consiste en dar testimonio de perseverancias y fervores en la búsqueda de un absoluto. Detrás de las evocaciones, de las nostalgias y de la melancolía que postulan no sólo éste sino todos sus libros, la poética de Bao se erige como demanda, como grito antagónico ante la "tristeza primitiva" que nos acosa; detrás, mucho más atrás de las excusas temáticas persiste la reconstrucción de una memoria.
No emana propiamente de la infancia, su melancolía; tampoco de los chispazos de felicidad, su añoranza. La nostalgia que circula por sus poemas proviene de una ausencia que está más allá de la experiencia y de las apariencias de la vida; proviene de una memoria que nada tiene que ver con lo gozado o lo sufrido. Una memoria ancestral de lo ausente en la naturaleza humana, una memoria de esas "comarcas olvidadas", de ese territorio de donde fuimos desterrados. Las metáforas pueden ser memorias de un infierno terrenal, pero lo no dicho -el otro texto- refiere a un paraíso. A un paraíso por cierto no terrenal y, tal vez, definitivamente perdido. Este es el dictum que atraviesa la poesía de Santiago Bao. El poema -eso que se construye mediante una acumulación de palabras escandidas, aliteradas o rimadas- también está siempre en otro lado: sólo se genera en el acto de percepción, sólo aparece -se manifiesta- en la escucha de un oyente o bajo la mirada de un lector. De allí en más su rumbo es errático, incierto.
Tal vez sea por ese motivo que los poetas -tolerantes o compasivos- nos abundan de palabras para que, por lo menos, una o dos se nos incrusten en el alma. No hay otra; todavía somos demasiado humanos para acceder directamente a eso que ellos se obstinan en cedernos, a eso que ciertamente no puede ser comunicado con palabras: a lo oculto e inaccesible, a lo velado, a lo inefable. Y parafraseando a Bao diremos que ese aflorar de lo inefable es en "Despliegues" una música que brota del fondo de los días, la espuma que derrama el otoño sobre los cántaros de la memoria, el tiempo y la distancia intacta y la luz que encandila el principio del arca de los retornos. Los poemas que componen el poemario son el azogue de esa memoria que revive el desamparo que sintió de niño, esas "tizas de colores de cosas que todavía no se habían ido del todo y se incorporaron a las frías sombras de los desvanes o los sótanos umbríos". Bao quiere abrir las puertas de estos lugares recónditos del alma donde hibernan los recuerdos, y desplegarlos corazón en teclado para compartirlos con sus amigos. Bao es consciente de que en el desierto del dolor moran el olvido y el silencio, de que "siempre habrá cosas que nunca dijimos, que cuelgan del destino como murciélagos de polvo, palabras, larvas de la memoria". Por eso, "Despliegues" es uno de esos "libros en la niebla", una calima de palabras que pretende envolver a todos esos náufragos, "amigos que extravían para siempre la tabla del sobreviviente". Él ya oyó "los truenos sobre el río de la memoria" y anhelante espera a la "lluvia que disipará la última lágrima".
Jorge Saboya / Adrián Arza | |
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En mis horas de trabajo docente en escuelas en situación de encierro pude percibir no solo la soledad del lugar y la humedad de la angustia chorreando en las paredes del presidio, sino también almas escondidas en cuerpos errantes de mujeres maltratadas y abusadas. Pude ver el dolor. La soledad. La angustia hecha cadencia. La música ahogada en gargantas calladas, las caricias no dadas, los abrazos olvidados, las sonrisas muertas. Pude sentir la libertad porque como se dice siempre solo al perder las cosas las valoras. Y pude ser tan vulnerable de entender que estaba así de cerca del abismo mismo. Un paso nada más, equivocado o no, y caería en el mismo destino.
Quizás pudiera expresar un poco en estos versos algo de lo sentido por esas mujeres, quizás no, y eso no lo sabré nunca. Pero ávida de empuñar la pluma para matar el odio y la ira del desconsuelo ajeno, los he escrito. Hoy los comparto. | |
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La poesía de Luis Benítez ofrece la particularidad de que su estilo
no pretende llegar a la mera representación de un estado anímico,
sino resolver la ecuación entre las palabras, las emociones y los
pensamientos. En esta tríada podemos rastrear la sustancia de su
poética, distanciada de manera categórica tanto de las ampulosidades
del discurso retórico como de los riesgos del intimista. Benítez no
dirige al lector señales unidireccionales. La plurisignificación
acentúa los planteos convergentes en sus textos y ejerce un
liderazgo esencial en la elaboración de las imágenes. Cada poema -o
cada verso- apunta a múltiples lecturas, no sólo desde el marco
semántico, sino también desde la construcción sintáctica. La
sintaxis de Benítez está dotada de una original conjugación de
osadía e irreverencia formal a la vez.
Su poesía es tan gris como los interrogantes que vierte acerca del
mundo. El autor volatiliza las contradicciones que exhibe la
realidad aparencial, sepulta los absolutos que han predominado en la
historia de la civilización (el bien y el mal, la verdad y el
engaño, la paz y la guerra, por ejemplo) con el objeto de
aproximarnos a un todo sintético que los unifique de modo armónico.
Penetra en la raíz de la conflictiva experiencia humana en la tierra
y por eso se anima a examinar las problemáticas más cruciales que
nos invaden desde nuestros orígenes, como el tiempo, la existencia,
la memoria y el conocimiento.
La poesía de Luis Benítez es, por qué no decirlo, algo enigmática.
Nos sugiere un conjunto de pasadizos, labe-rintos o playas desoladas
donde confluyen los fantasmas del pasado y la dolorosa mirada del
presente. No recala en el futuro lejano, sino en la cercanía de lo
que fue y también de lo que en la actualidad gozamos o padecemos. Se
nos ocurre como un incesante juego de acertijos apropiados para
despertarnos de la abulia existencial.
Estos pormenores de índole estético-filosóficos conforman el
sustrato de sus preocupaciones, se hallan ligados a su necesidad de
aprehender lo inasible. La sobriedad lexical y el vuelo impío de sus
indagaciones no nos hablan entonces de un poeta oscuro, sino más
bien de un creador de silencios que cantan los destellos del
universo y el resplandor del vacío.
Sus referencias míticas, históricas y culturales nos internan en los
intramundos de personajes reales o ficticios, pero integrados al
caos que paradójicamente ordena al mundo. Con la emoción serena y
algo desdibujada, a veces insinúa un horizonte de matices épicos
donde no faltan los elementos heroicos. Como muy bien sostiene
Pamela Nader "a través del mito, Luis Benítez construye una poética
destinada a conectarnos con ese universo transpersonal, oculto
sugestivo y más palpable que aquello que solemos llamar 'realidad'.
El autor se propone contarnos historias concebidas a la manera de
los antiguos relatos a los que son tan afectos los pueblos de
tradición oral".
Pero el tema del mito nos lleva a otras reflexiones. Decía el
crítico y traductor Antonio Aliberti, en 1990, a propósito de
Guerras, Epitafios y Conversaciones, uno de los poemarios de Benítez
que más difusión alcanzó en los suplementos literarios nacionales y
extranjeros: "No es fácil la incorporación de tantas voces que
Benítez asume con una gran dosis de naturalidad".
No hay definición más acertada que ésta para referirse al carácter
abiertamente polisémico del discurso poético de Benítez, fuente de
la inclusión de las múltiples voces en sus textos.
Por otro lado, si nos detuviéramos en estas profundas sutilezas
discursivas, advertiríamos que la apertura de la que nos hablara
Umberto Eco equivale en Benítez a la solidez del perpetuado fluir
por las dimensiones de otros géneros, lo que termina produciendo en
sus construcciones verbales un fino proceso exploratorio del
lenguaje literario. Paradójicamente, el silencio impreso en sus
versos tiene la peculiaridad de abrirse en un cúmulo de sonoridades
y de determinar, a su vez, unidad de sentido y de forma. No hay
lugar, pues, para la dispersión de imágenes e ideas. Los contextos
se asocian solidariamente y constituyen un corpues dinámico y
esencial. (...) Su obra poética es una incesante búsqueda, un itinerario, un
conjunto de valores -es más que poesía, o en todo caso lo es desde
las márgenes de lo dramático, merced a una teatralidad de ribetes
míticos, pero también de lo narrativo, que aflora con su fuerza
épica para resaltar perfiles humanos, describir situaciones y
estructurar pequeñas historias encubiertas con la rara
sistematicidad de un poeta que sabe conjugar la actitud observadora
con la exaltación lírica.
Alejandro Elissagaray | |
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Mauricio Bernal Restrepo presenta en este poemario toda una teoría social, desarrollada en diferentes sonetos. La temática es variada, aunque todas las cuestiones confluyen en la reivindicación de la libertad y la dignidad de los individuos humanos, así como de la justicia social para su gente y la paz para su pueblo. Él lo explica de esta manera, como no, por medio de un soneto:
"Gracias os doy mis señores por gesto queredme escuchar
estos sonetos amados que mi alma volátil gestó con placer
algunos de ellos algo alocados seguro os harán conmover
porque esta cabeza que tengo jocosa a veces intenta mofar.
Es mi discurso expresión de un pueblo que quiere soñar
con pacto sagrado que busque la forma de bien compartir
acuerdo sensato que deje la vida querida sonriente cursar
a tiempos de gloria que presto deja la forma de bien dirigir.
Estos mis versos amados a todos vosotros os quiero ofrendar
muchos de ellos poquito discretos es mi deseo podáis digerir
en caso contrario a todas las musas de cierto yo debo culpar.
Contento me siento en este momento por causa tan especial
este compendio que en mí ha nacido feliz terminé de escribir
aquí os lo dejo podáis evaluar y gracias por trato tan fraternal".
Bernal escoge el tipo de estrofa del soneto porque entiende que es el idóneo para su propósito de denunciar el sufrimiento de las personas que padecen en sus carnes los embates de la pobreza, la indigencia, la violencia política, el menosprecio cultural y la injusticia social. Esto insinúa al menos en el soneto titulado "Sonetofilia". Y es que él quiere ser embajador de su gente, como reconoce en el soneto "Anhelo", y pretende proclamar a los cuatro vientos la situación precaria de la población colombiana, sus ansias de paz y concordia social, su orgullo herido de pueblo trabajador y noble y la necesidad de un futuro cercano pleno de felicidad para los más desfavorecidos. | |
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En Natura y denuncia (El opúsculo de entrecasa) Ime Biassoni aborda desde la sensibilidad poética la compleja cuestión de la acción humana en su encuentro con la naturaleza. Denuncia la falta de amor, mientras la naturaleza muere y la "ausencia de esperanza seca torrentes" y se desangra en silencios. La tala de bosques, el incesante vertido de sustancias contaminantes a la atmósfera, el desierto que gana terreno por la creciente escasez del agua, el cemento que alfombra los jardines, la atracción fatal del humo del tabaco y, en general, la desidia humana, cuando no la mezquindad de los individuos con sus intereses económicos, que tanto daño infligen a la naturaleza son los contenidos de esa denuncia. Denuncia que no es gratuita ni, mucho menos, coyuntural o demagógica, sino el necesario descargo de conciencia de alguien que clama buen juicio y amor a la naturaleza a cada uno de nosotros, tras deambular historias viejas sin reconocer quimeras y recorrer estíos con los pies descalzos, agrietados de primaveras furtivas, con llagas donde anidan auroras disecadas, con olor a lamentos y sucios de sangre derramada en innumerables holocaustos ecológicos y de savias putrefactas. Este descargo recoge el llanto de los fantasmas de las hojas muertas, de los tocones cadavéricos, de las flores marchitas, de las briznas de hierba ahogadas en aludes de hormigón, de los ríos envenenados de basura, de los mares edulcorados con residuos tóxicos, de las nubes con sus vestidos de algodón perpetuamente manchados de hollines y CO2, de los pajarillos desalojados de sus nidos y de las mujeres y los hombres que imploran la vigencia del sentido común y se duelen en gritos de alerta. Pero, también, recoge algo trascendental para la consecución de la victoria definitiva en la lucha contra el deterioro progresivo de la naturaleza, como es el sueño de los poetas y poetisas, consistente en vivir las ilusiones, "morder la vida", "vestirse de ideas", "pegarse a la energía", "amarrar claros y oscuros", "desatar sombras", "caminar maravillas", "rescatar valores", "cabalgar en la búsqueda de una sola armadura", mutilar nuestro apego a la destrucción, no emponzoñarse con el vino rancio de la desventura, no dejarse engañar en la suerte de la espada, destilar el bálsamo de la autenticidad y cantar la alegría de la vida.
Ime Biassoni, con Natura y denuncia (El opúsculo de entrecasa), ha dado otro paso más, firme y decisivo, en este camino de los poetas y poetisas hacia la meta de una Humanidad sostenible y plena. Y nos invita a seguir su estela.
ADRIÁN ARZA | |
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| En estos penosos días todo es duda. Todo es miseria y escalofrío como el perfume déspota que hace que todo se me escape o tema más que el yo, mío, desconocido, pavoroso, inclemente y dócil. Asesino, el poeta, a veces, es un asesino, pueril y misterioso, Caín y esplendoroso. Pero el enamorado es el dócil. Y el poeta el infértil. El que no produce y como el monismo, Dios, crea, destruye, pero crea al fin. Ya no siento nada o todo está poetizado y ya no hay espacio y ya no hay quien escuche, quien grite feroz como la flor original en el vacío. La flor, la única flor: la idea de la muerte hermosa. Sin embargo he vivido y me he trasformado en todo lo que no he querido. Porque todo ha sido pérdida, abandono, desesperación, fruición de aniquilamiento en amor, dádiva o violación... y hoy sólo puedo beber, fumar y tomar lo que no es mío; mujeres que destruyo o finiquito por ahogamiento de coral. Y me gustaría cambiar u olvidar, viajar y respirar, morir o renacer. Ya no me alcanzo para dilucidar el verso que me hizo nacer. El que me hace reparar mi propio o nulo superrealismo. Soy ya una abstracción de mi otro yo, florido, el olvidado y así he escrito el libro que parece estar completo, "Nave ilegal", bajo el seudónimo de Gregorio Block. Esperando se aquilate alguna original inspiración o perdición no mía. Porque ya quiero, o al menos trataré, olvidar eso que alguna vez desvestí como poesía. Todo lo que me hirvió al contemplar la desnudez con mi primera erección ... | |
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El fin de toda la obra y de su parte es también múltiple, es decir cercano y remoto; pero omitiendo sutilezas, digamos brevemente que el fin del todo y de la parte es detraer a los vivos del estado de miseria en esta vida, y conducirlos al estado de felicidad. Finalmente el género de filosofía en que se desarrollan el todo y la parte, es la moral práctica, o sea la ética: porque toda la obra y sus partes no fueron hechas para la especulación, sino para la acción. Porque aunque en algún pasaje el tema se trata en forma especulativa, no es por especular, sino por el obrar; porque, como dice el Filósofo en el segundo de la Metafísica "por sus propios motivos inclusive los prácticos especulan algunas veces".Todos los hombres naturalmente desean saber. La razón posible y real de ello es que toda cosa, de su propia naturaleza impulsada por la providencia, está inclinada a su perfección propia; por donde, dado que saber es la más acabada perfección de nuestra alma y en lo cual reside nuestra suprema felicidad, estamos todos naturalmente sujetos a desearlo. Y ahora decir quiero, así como yo lo siento, qué es gentileza, y de dónde viene, y diré las señas que el hombre gentil tiene. Digo que toda virtud principalmente viene de una raíz; virtud, digo, que hace al hombre feliz en su obrar.
Ese artista convertido en hombre eres tu Roberto Carlos Canto García, que con tu extraordinario talento, te has transformado en ese ángel soñador, que cautivas con tu mirada escrita en la oscuridad, y que resurges de lo más profundo de la adversidad áspera, solo para resaltar que tu hábitat natural, siempre ha sido aquel manantial de luz, que siempre te ha caracterizado.
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En estos momentos donde la materialidad ha eclipsado casi en su totalidad la expresión de la espiritualidad. En este mundo cargado hacia la acumulación de riquezas, la metafísica es cosa de unos pocos. Roberto Canto en estos relatos fantásticos nos sumerge de nuevo en esa parte de la subjetividad humana que es el estar ligado a la inmaterialidad, a la creencia en un ser supremo que da y guía los destinos del universo. Nos regresa a nuestros orígenes. Este presupuesto que se antoja para muchos, parte de un pasado, en Roberto Canto es una flama viva, llena de pasión y de emanación inagotable. El autor aborda estos temas lleno de la fortaleza acumulada a lo largo de los años. Del contacto con lecturas de clásicos de poesía y de la literatura religiosa. Me recuerda a los autores del medioevo español donde la alabanza es una forma de agradar a Dios.
También se asoma a las profundidades de la mente de los humanos y en su relato “El Faraón” nos muestra facetas existentes en una misma persona que es victima y depositario de las almas que habitan en cada uno de nosotros, así el intelectual choca con el tirano y el santo, se solaza en el artista y sufre su propia oscuridad.
Me remite al texto “El lobo estepario” donde Hesse de manera magistral nos muestra a un personaje atrapado en la lucha de sus dos Yo, el hombre y el lobo. Acá Roberto Canto nos muestra cuatro facetas de un mismo ser y Hesse nos dice en su texto “Pobre Harry cree que tan sólo son él y el lobo, no sabe que el hombre es una cebolla de cien telas” Somos muchos durante el día, durante nuestra existencia.
Por otro lado, las reminiscencias del lugar que le ha dado cobijo durante su incipiente existencia, lo ha impregnado del misticismo que conlleva el vivir bajo el manto de la Virgen de la Candelaria. Quilá es un pueblo de magia, la cual se palpa en sus esquinas, en sus aceras, en su gente… Canto se inspira en él y evoca innmumerables recuerdos en honor a su tierra. Es delicioso ir tocando uno a uno de éstos, ya que muestra que la felicidad está al alcance de la mano y por no darnos cuenta la buscamos con denuedo sin saber que habita en nosotros. Está en comprender una a una las pequeñas cosas de la existencia misma.
Dr. Nicolás Avilés González | |
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El hombre por naturaleza es un artista, poeta y escultor de la belleza y siempre ha expresado y los expresaba mediante esculturas de cerámica, piedras, tejidos, representaciones gráficas, pinturas, entre otros.
"Color Arco Iris" es poesía que permite pintar con palabras lo que llevamos dentro, haciendo uso de un lenguaje figurativo, de emociones, líneas y paisajes que se ven reflejados de alguna u otra manera en los colores de la vida con sus alegrías, tristezas, decepciones entre otros expresados en sus exóticos y vivos colores.
"Color Arco Iris" lleva en su interior el alma de la vida misma, la ilusión, el amor, la pasión, la intriga, el misterio y los sentimientos encontrados y aquellas cosas raras que nos ocurren y no tienen explicación, sólo sentirlas y dejarnos llevar por su aroma y bruma.
Color Arco iris, es eso, todo el entorno de nuestra vida misma expresada por nuestros sentimientos a través de nuestra experiencia, es el canto profundo del corazón que ve todo lo que ocurre a nuestro alrededor, las derrotas, triunfos, aspiraciones entre otras cosas que hoy me permito compartir con todos ustedes amantes de la poesía y el arte en general.
El Autor | |
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Palabras al dente.
Al reunir estos versos en un poemario vino a mí primeramente la idea de ordenarlos, pero inmediatamente quise creer, no supe, que aquellas “medidas en porciones” finalmente podrían terminar siendo ingredientes para añadir a gusto en un platillo o inventar una receta que tal vez el lector, corriendo yo con buena suerte, acomode dentro de lo exótico. Como la vida misma, para plasmar derroteros e inquietudes, en cada soliloquio hay un sabor, una probada al dente o aquel aroma inserta en la invención del momento, una sinopsis, una presentación del intervalo, ese pálpito inefable que se movió en mis dedos cuando el alma aderezaba un no ser yo. En cada momento que fui alma y piel en ingredientes, ignoraba si aquellas proporciones podían ser o no accidentales para una final fusión; me llevaron puede que sin quererlo y queriendo a la vez, a lo inasible, ahora a la feliz degustación de haber intentado una búsqueda para engendrar sabores, que por texturas llevan las de un alma tan ligada a su tierra y sus costumbres, las de un tiempo tan extremo e incertidumbres, y las de aquella cortedad ligada a la eterna magnitud de cada tiempo. De mi parte lo incompleto y en lo insólito sería decidir por lo contrario ya que afortunadamente un escritor es casi siempre fabricante inconforme. Quizá la suerte me permita intentar la imagen, la apariencia de aquel chef que quiso no perjudicar aún más una receta con nuevas volteretas y dejarla reposar; así el propio comensal decida, si se atreve a juzgar (por favor, no tan severamente), si es o no grata al paladar. Por lo pronto me limito, como el ama de casa que también me habita, valerme de este puchero pletórico de mar, islas, ríos y palmeras, de sentimiento, amor y dolor, para entrar en sus casas y dejarles sobre las mesas de sus ojos, este No soy yo, aunque tal vez puede y no deje de ser todo lo contrario.
María Eugenia Caseiro
Ciudad de Miami, enero 2008 | |
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| La poesía de Susana Cattaneo es una transcripción en palabras de los sentimientos primordiales de todo individuo en su condición de ser humano. Es el relato de un enfrentamiento vital, íntimo y sincero con su circunstancia existencial, que en "Musgo en el sol" se traduce en un cara a cara con el dolor que producen en el corazón las heridas del paso inexorable del tiempo y, sobre todo, con la angustia que genera en el espíritu su consecuencia insoslayable: la muerte. Como dice Yadi María Henao, Susana Cattaneo "descifra la geografía de lo innombrable". Sí, ella misma reconoce en un poema de este libro que afronta el acoso de "los muros que esperan la noche para entrar al vacío", de "las nervaduras de los visitantes oscuros", de "los barcos que parten con proas de leche y pies sin sandalias", de los "muertos intranquilos desde tumbas de arena", de los "búhos en vigilia con pupilas de azúcar", de la "estrecha calle de la ventura tapiada de esperas", del "brillo de lagos que invaden sequías" y de "la sed teñida de aguas negras". Ciertamente su empresa se antoja titánica, pero al final resulta victoriosa, porque logra sacudirse la zozobra de una soledad atávica y la frustración de una poquedad "mensajera de agonías que teje velas de navíos anclados en un lugar sin tiempo. | |
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| Para Juan Pedro Cerrato, la poesía más que literatura es un sacerdocio, una actitud ante la vida. A los 40 años creyó que estaba preparado para escribir un libro, y de ahí salió su primer poemario "Sentimiento de soledad y belleza" que ha publicado en Internet. Sus poemas cortos -extraídos de este libro- se refieren a paisajes marinos, guijarros, cruces de piedra de los caminos, barcas, casas abandonadas árboles y ramas, lagartijas... Todo lo que le sirve para expresar su meditación sobre las esencias de los seres y las cosas. | |
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María Victoria escribe a partir del repentino fallecimiento de sus abuelos, Zoraida y Cayetano, para restaurar la palabra en donde la palabra está herida en su ser.
Su poesía obra como un llamamiento: es la ausencia o la herida que deja en nosotros la muerte, es la muerte que conlleva decir el propio nacimiento. | |
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Este trabajo es un reconocimiento para toda la comunidad poética existente en el país, esos seres cuyo principal reto es romper con la hoja en blanco, y lanzarse a dominarla; expandir su creatividad, su talento, sus propias miserias, sus demonios, en la búsqueda de la frase correcta, de la oración exacta, y que comparten entre sí, una sola cosa: el arriesgarse a ser leídos.
Adán Echeverría | |
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Siempre es ineludible cuestionar los límites. ¿Por qué desde un borde y no desde otro? ¿Por qué desde una esquina y no desde la otra? Es preciso acotar con el fin de aprehender la información. El espacio en el cual conviven las diversas manifestaciones de la cultura es amplio. Y ello no signifique que todo lo que está contenido ahí pueda, con el tiempo, convertirse en referencia obligada. Existen los criterios que definen a la poesía -tanto temporales como universales- así como la legítima apropiación que las sociedades ejercen sobre los productos culturales que originan; la cual, de manera afortunada, está por encima, incluso, de modas e imposiciones, casi siempre subjetivas, dictando así la última palabra en cómplice alianza con el tiempo. Jair Cortés, poeta nacido en 1977, dice que "poesía es aquello que está más allá de lo que está, es la puesta del sol"; pero ¿quién dice donde está, realmente, lo que está? Todo depende de la percepción y de la clara, u opaca, visión del que observa.
En ocasiones hay tanta oscuridad que no es posible vislumbrar ni, mucho menos, valorar el sol más esplendoroso. Sin embargo, también en las tinieblas está la claridad
hiriente que muestra lo que a veces preferiríamos no ver, porque en función de las sombras se define la transparencia. Los dos espacios conviven y se confabulan para conducir al poeta al ámbito de las posibles respuestas. A este respecto dice Mónica Braun: "Hoy sólo en lo inverso de la luz me reconozco." Sin embargo, existe, también, la justa perspectiva de la historia. Esa disciplina, capaz de poner en práctica una metodología que permita una investigación seria en torno al hombre y sus actos (culturales en este caso). Este mapa poético, concreta esta tarea importante por inclusiva. Aquel que, en el futuro, desee interrogar al pasado a este respecto encontrará en este mapa poético una buena parte de la respuesta ya que en esta muestra está contenida la visión del mundo de estos escritores que un día decidieron volcar en música, imágenes y demás figuras poéticas los sentimientos que conformaban su humanidad.
El rescate de las individualidades y de los procesos sociales como objeto de análisis sociohistórico es una de las preocupaciones de la historia social preocupada por el estudio de la sociedad en su conjunto y no sólo de ciertos individuos (señalados, designados o elegidos por dedos divinos). La escritura y la lectura son fenómenos que coadyuvan a la conformación de las sociedades y sus características ideológicas, económicas, políticas y culturales. La escritura ha sido, desde hace miles de años, el medio por excelencia a través del cual el hombre ha dejado testimonio de su paso por el mundo. Afirma Walter Benjamin que la historia es objeto de una construcción cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío, sino el que está lleno de "tiempo del ahora". Ese "ahora" es cada uno de los poemas que conforman esta muestra. Un "ahora" instantáneo y ubicable que habla de las personas que los escribieron y el mundo que los rodeaba. "Un ahora metido en el espejo" dice una poeta en esta antología.
El espíritu se despliega en la historia y quien se atreva a cuestionar a la historia debe cuestionarse a sí mismo, dice María Zambrano y Eduardo Mosches -en "Los primeros pasos", texto introductorio de la Muestra de Poesía Mexicana 1964- 1985, publicada en la revista Blanco Móvil 101- señala: "Cada poema puede dar testimonio de la humanidad del ser humano; en cada entramado de las líneas se va tejiendo la unión de los fundamentos de la existencia... El poema es ese mundo íntegro que representa una forma insustituible de captar y comunicar significados vitales".
¿Quién debe y quien no debe participar de una historia? Me parece de suma importancia dejar, para la conformación de una historia de la poesía en México, una constancia de los hombres y mujeres que intentaron y/o lograron dejar una señal de su paso por la vida cultural de México a través de la palabra poética. Si esta palabra es poética o no, en términos estrictamente definitorios, será, como ya dijimos, tarea de la sociedad, de los lectores que con su aceptación legitimen una obra; pero, sobre todo, del tiempo que es el más implacable y omnipresente de los críticos. Por lo pronto, los autores han decidido seleccionar a los participantes de esta muestra con base en los criterios de las instituciones que, oficialmente y no, reconocen el trabajo poético: jurados, editoriales y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
He escuchado a mis colegas quejarse a menudo de una falta de atención hacia las generaciones de los sesentas, setentas y ochentas. Es por ello que se ha tratado de atender esta carencia compilando y publicando antologías como "La luz que va dando nombre", "Eco de voces" y, más recientemente, "Animales distantes" en lo que toca a la generación de los sesentas a la cual pertenezco. Y así, cada generación hace lo conducente con respecto a su labor trabajando por generaciones, de manera separada y separadora. Es por ello que me alegra encontrar aquí un amplio panorama que pretende incluir a los escritores que, desde 1960 hasta el año de 1989, trashuman por el devenir histórico de la poesía en México. Con toda seguridad, porque siempre sucede lo mismo, habrá quien se quedó fuera. Pero la razón, me parece, tendrá que ver más con limitantes relacionadas con el acceso a las fuentes documentales que con criterios discriminatorios porque los autores han dejado bien claro que no pretenden erigirse en "gurús" de la poesía lo cual, en primera instancia, se agradece.
Me ha sido encomendada la tarea de introducir esta muestra de poesía perteneciente al Distrito Federal y la labor no es sencilla debido a la amplia y muy diversa gama de tintes, tonos y temáticas que en ella convergen. El Distrito Federal es un lugar sui géneris que debe esta sinergia de voces a su característica histórica de ser un espacio de reunión al que confluyen personas provenientes de toda la República Mexicana desde tiempos prehispánicos -hace al menos 700 años aproximadamente- cuando los mexicas construyen su imperio y éste se convierte en un centro obligado de las actividades políticas, económicas y sociales de gran parte de Mesoamérica. Más tarde, con la llegada de Hernán Cortés, Tenochtitlan se convierte en la capital de la Nueva España y, por lo tanto, centro de los vastos dominios ultramarinos del imperio español. Riqueza y complejidad fueron el resultado del tráfico y la migración continua de personas. Además de mercaderías, las personas que arribaron, y continúan arribando, a la ciudad de México, traen consigo objetos no materiales que enriquecen, día a día, la vida social y cultural de la población: noticias, costumbres e ideas. Piedras preciosas no tangibles que llegan y se adhieren, se mimetizan o se metamorfosean hermanando los pensamientos en este acontecer que construye, en el caso particular que nos ocupa, la ruta poética que atraviesa y rodea, desde múltiples posiciones, el espacio geográfico de la ciudad de México.
Ya en anteriores apuntes acerca de este documento, mencionaba que el 29% que representa la muestra de poetas radicados y nacidos en el Distrito Federal, está constituido por una amplia población de autores que dan lugar a una amalgama de culturas y etnias no sólo internas sino externas; toda vez que la población del D. F. está conformada por personas nacidas en otros estados de la República que radican en el Distrito Federal y otras que nacieron aquí, pero cuyos orígenes se encuentran, hereditariamente, en otro sitio. Esto da pie a una singular convivencia de diversas visiones y formas de estar en el mundo. Y en la diversidad está, también, la riqueza así que en este Mapa Poético son rescatados los ojos, bocas y entresijos de 177 poetas que han decidido navegar, bolígrafo y metáfora en el bolsillo, por las calles y drenajes profundos -antes lagos, caminos y riveras- de esta ciudad, cantando a las luces y sombras que acechan debajo de los semáforos o que, alevosas, se esconden en las húmedas entrañas de alguna alcantarilla. El rápsoda habita edificando y edifica poetizando afirma Hugo Mujica, poeta argentino, porque habitar es edificar, construir, crear en el espacio y en el tiempo.
Los poetas que habitan el Distrito Federal edifican utilizando versos que hablan de sus domingos familiares, de las puertas que gruñen y las soledades a quien nadie sirve un plato de sopa. De las "ideas que son capullo" y de los ombligos "donde se abonan todos los vientos". Ofrendan su música a las raíces "que no tienen canto" y afirman que "este siglo alumbra el lado opuesto del porvenir". El tiempo y el espacio van a la poesía y se trepan en las palabras para hacerse visibles; para develar los muros y los instantes que el poeta toca con su palabra y luego desparrama sobre una hoja en blanco en el mejor de los casos o en algún papel sucio y arrugado que recogió en alguna calle luego que se percató de que no llevaba consigo algo sobre lo cual escribir.
Se dice que el tiempo en las ciudades se desliza veloz entre los cuerpos y las ideas y esto tiene su parte de verdad, pero también de mentira. Es cierto que las ciudades envuelven al hombre en su vorágine obligándolo a moverse al ritmo vertiginoso de un ente que no puede detenerse so riesgo de volverse vulnerable ante los millones de seres que lo habitan. Sin embargo, hemos sido ingratos al definir al tiempo. El tiempo pasa a cada instante y está ahí para que lo vea quien pueda y quiera verlo. Quien se atreva a detener su paso para intentar apresar alguna de las minúsculas partículas con que el tiempo nos mantiene siendo, podrá saber que, como dice Zambrano, el tiempo es lo que no nos abandona, lo que "nos sostiene, nos envuelve", lo que "eleva al ser humano sobre la muerte que siempre está". Pero, de manera paradójica, para poder detenerse hay que moverse sin tregua en la banda veloz de la historia.
Siempre hay un momento en el cual se puede atrapar una gota de tiempo como a un mosquito para revisar cuanta luz, o polvo, ha recogido en las alas. Los poetas de esta muestra citadina se detienen ante el tiempo y le revisan las alas para arrancar de ellas las palabras y acomodarlas en largas filas que atraviesan el papel de lado a lado o se desgranan una tras otra para construir oraciones y conjuros; para contarse a sí mismos su propia historia. "Hemos llegado y no es del mar donde somos", escribe una mujer en un poema y desliza su mano sobre el vientre siempre fecundo del origen conocido; ese que sabe a tierra y a maíz, que se desliza sobre los canales antiguos, pero que termina colocando la respiración en la chinampa. "La muerte es siempre un vuelo interrumpido, un acontecer de silencios y palabras deshojadas", escribe un hombre y va dejando el rastro de su propia muerte frente a los ojos de los otros que también son él tratando de saberse sustancia. "Qué hacer con el tiempo que está ahí, inalterable como un lago sin reflejos..." se pregunta otro porque está cansado de buscar, pero sabe que debe seguir esperando una respuesta. Voces citadinas que se atreven a cantar distinto. Voces que prefieren la suave seguridad del camino ya recorrido. Voces que cantan a los cielos y a las muchachas del verano en cuyo cuerpo se ciñe el día. Voces que recorren los parques en busca de algún secreto para guardarlo en el bolsillo. Voces que gritan para "crear lo aún no creado" asumiendo, aunque pese, la propia existencia.
La palabra transita por la enigmática desnudez de los cuerpos que aman y se sueñan luz en alguna habitación y a ratos se detiene, melancólica, en la añoranza de los grandes palacios antaño perfumados de incienso donde Netzahualcóyotl dibujaba flores y colibríes sobre el papel amate sin olvidar subirse al vagón del subterráneo sólo para calcular cuántos minutos le quedan por delante luego de un inesperado encuentro con la muerte. La palabra ejerce la memoria viajando a las playas, desiertos, selvas y páramos en donde todo comenzó "una vez, tiempo atrás, hace llantos" para venir a terminar en medio del tráfico donde un viajero, "equipaje de la sombra", "viene y nunca llega", pero se repite sin cesar: "yo me traje aquí", y aquí debo resolverme. La palabra misma es un peregrino que deambula por la plaza de Santo Domingo descubriendo "el lenguaje imantado del instante" sólo para llegar al origen.
Encontramos, en esta poesía defeña, los más disímbolos personajes. La Farmacia de Dios, Alonso Quijano, Aquiles, Dylan, Baudelaire, Frida y Ometéotl conviven con los dispersos en cuya "respiración hay un murmullo que parece canto" y con "la gente que se mueve como maullido de gato". Las "sonrisas Canderel" y las "angustias Tupperware" de las muñecas rotas se suman a los aullidos de un perro iracundo que furioso recorre los laberintos del olvido afiebrado por la obsesiva maña de amar. Los
recuerdos, deseos y presagios; las sombras, dudas y lamentaciones, son la miga de este pan amasado con la emoción de los poetas que viven y escriben en la ciudad de México.
El quehacer poético es el mismo en cualquier sitio de la tierra. Cambian los escenarios y los personajes, pero el sentir del poeta es el dedo en el gatillo que produce el disparo. El dedo que toma a la palabra y le coloca un alfiler en el centro para luego mirar los estertores de sus alas como señala un joven poeta de la generación de los ochentas; la más reciente generación, escribiendo, dibujando y cantando los haceres del poeta. Las expresiones son variadas como ya señalé, pero las intenciones estéticas y existenciales son las mismas. Por ello es justa la propuesta de Mónica Braun: "Siempre que prometa su corazón como una ofrenda habrá que recordarlo". En esta muestra está el corazón de una buena parte de los poetas del Distrito Federal quienes se han arriesgado a ser leídos, como señala Adán Echeverría; quienes han atrevido la pluma a pesar de sentir, en ocasiones, ser "una palabra que debería de retirarse". Queden para la reflexión acerca de esta muestra poética los versos de Jesús Gómez Morán:
"Aquí todo es contacto entre sombras,
abismo que se traspone con el puente
tendido entre un poema y otro." | |
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Escribir la introducción a cualquier texto literario obliga a la recomendación de su lectura, análisis y disfrute. Pero en el caso del Mapa Poético, la recomendación se transforma en una calle sin salida. Primer motivo: quienes asumimos la misión de escribir la bienvenida al volumen correspondiente a cada uno de nuestros estados natales, somos jueces y parte. Es decir, compartimos la emoción de la lectura, tanto como la de ser una de las muchas voces compendiadas en este proyecto. Segundo motivo: la naturaleza de este mapa es en sí misma una invitación a la lectura por placer, pues sus líneas fronterizas no dividen, sino hermanan.
No estamos ante una antología, aunque a su modo bien podría serlo; muchos de los poetas aquí publicados seleccionaron y enviaron a los compiladores lo mejor de su producción inédita; y algunos más, son jóvenes valores hallados en los medios electrónicos, sin publicaciones formales, pero protagonistas de una labor digna de ser tomada en cuenta. Al no tratarse de un trabajo estrictamente antológico, podemos asumir que lo que encontraremos no ha sido pasado bajo la lupa subjetiva de un crítico, el criterio de lectura será tan libre como puedan serlo nuestros ojos. Lo importante no será etiquetar lo que es bueno o malo, sino ubicarnos en el mapa, leernos en los otros.
La utilidad de este compendio poético es múltiple. Los escritores podremos acercarnos a la obra de autores de toda la república, aún de nuestra región, que quizá nos eran desconocidos. Los críticos tendrán una vasta fuente de estudio de la poesía mexicana contemporánea. Editores y promotores reconocerán la importancia de la publicación y divulgación de la poesía joven y, esperamos, imitarán el esfuerzo aquí reflejado.
El Distrito Federal es la entidad con mayor número de poetas enfilados en este muestrario. Hecho que hace patente la necesidad de descentralización de la literatura nacional y nos compromete a ampliar nuestra mirada y dirigirla hacia todas las orientaciones posibles.
En el presente volumen, escritores noveles recorren el mapa de la mano de autores con trayectoria. Ganadores de premios y becas comparten un espacio editorial con plumas inéditas o poco conocidas; fenómeno poco frecuente, aunque necesario. Muy distintas propuestas, así como niveles de factura, nutren el territorio poético de la capital del país. Lenguajes heredados de la tradición y las vanguardias del siglo XX conviven con las construcciones frescas y depuradas, sin imágenes complejas, de los poetas incipientes. Diversos ritmos, espejos de las lecturas personales, componen una pieza ecléctica con estancias tónicas para todos los oídos y todas las memorias. La ciudad, sus habitantes, demonios, escenarios, su velocidad y sus sonidos son, sin duda, temas recurrentes. Pero también están las postales de otros paisajes, el amor, la conciencia social, soledad, sexo, muerte, filosofía, sueño, la poesía misma y hasta el alcohol.
Todo esto es posible encontrarlo en los otros volúmenes, pero el enfoque particular que nos confiere una geografía común podrá ser percibido por quienes tengan la oportunidad del leer el mapa completo. Una tarea ardua, pero jamás aburrida.
Les dejo, entonces, en brazos de noventa autores más seis, menores de cincuenta años, que, desde la enorme Ciudad de México, nos invitan a celebrar la poesía y disfrutar de su lectura.
Ibet Cázares. | |
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Adán Echeverría, compilador de ésta antología, menciona lo siguiente: "Este trabajo es un reconocimiento para toda la comunidad poética existente en el país, para quienes el principal reto es romper con la hoja en blanco y lanzarse a dominarla, expandir su creatividad, su talento, sus propias miserias, sus propios demonios, en la búsqueda de la frase correcta, de la oración exacta; y que comparten entre sí una sola cosa: el riesgo de ser leídos".
A primera vista ésta es una muestra de las ideas y las distintas estéticas (no de la regionalización) del mapa poético nacional. Es un conjunto de obras que continúan un proceso constante de reinvención. Del silencio a la luz: Mapa poético de México: Poetas nacidos a partir de 1960 hasta 1989.
Se incluye aquí una selección de 7 poetas nacidos o radicados en el estado de Durango. La mayoría de éstos pertenecen a la década de los sesentas: Petronilo Amaya, Gerardo Campillo Llano, Jaime Muñoz Vargas, Salvador Ortiz y Luis Carlos Quiñones. Ismael Lares y Miguel Ángel Ortiz pertenecientes a finales de la década de los setentas y principios de los ochentas respectivamente.
Los poetas mencionados dentro éste Mapa Poético de México (Durango) son poetas que discurren por itinerarios varios y que se presentan de maneras distintas, pero compartiendo características símiles en su visión de poesía. Las antologías, por último, deben ser reflexiones y diálogos que transformen a la poesía en una plataforma que contribuya a combatir el silencio por medio de su luz.
Ismael Lares.
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La intervención del deseo de la creación literaria no es un dato nebuloso, abstracto, sino que es una de las raras nociones que permiten iluminar una forma de producción. Esto lo vio con claridad René Char quien en uno de sus aforismos define al poema como "el amor realizado por el deseo que ha seguido siendo deseo".
"Al ojo de un cormorán" de Miriam Fuentes acuerda en lo medular con esta poética en tanto el texto está vertebrado por la tensión amorosa. Edificado en los límites de un eros harapiento, anhelante, la búsqueda del objeto amado se invierte a la hora del encuentro: "Sin herirlo lo dejo /insomne /con la experiencia y el mañana/Me voy porque cada día es uno/creyendo de antemano/que las presencias difícilmente cicatricen/al ausente/ y que de ningún modo renunciaré al ojo de un cormorán". En toda escritura de género debemos rastrear la "doble voz". Hay una voz en sordina que deja en la superficie textual las marcas de un sujeto que disuelve una identidad social sobrecargada de mandatos y deberes para proyectarse en otra distinta que es básicamente reformulación (Alicia Genovese). Como mujer Fuentes torsiona el discurso dominante y hace de la representación un campo de batalla donde se enfrentan dos cosmovisiones la femenina y la masculina. Situacional iconoclasta, la mano que se niega a escribir con una pluma-pene inscribe un palimpsesto que brota de ese "continente negro" que es "Instintivo movimiento/hendidura y preguntas/tantas preguntas por desesperar/¡Urdir interrogantes es cosa mía/".
Este extenso poema que por ciertas marcas parece responder al género epistolar nos recuerda la simetría pasional de la monja portuguesa. Pura tensión de flecha lanzada hacia un ausente, paradójicamente revierte su tropismo en boomerang: la búsqueda del amado invierte su dirección y deviene introspección, desnudamiento de un yo enamorado, inquisitivo, polémico. | |
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La poesía en Hispanoamérica ha tenido en casi todo su desarrollo la marca del grito, la marca de la urgencia, este llamado fue un pedido de atención al lector, al hombre hispanoamericano, para que abra sus oídos y su corazón a una realidad que no debe dominarlo. Quienes hemos vivido en este Norte argentino, donde campea la resignación, difícilmente podamos escribir una poesía ajena a ese grito.
Miriam Fuentes en este poemario no solo demuestra que se hizo cargo de las tensiones humanas, sino que además ha encontrado un modo original e intenso de decirlo.
Este poemario puede definirse como poesía de la cornisa, aquí los hombres y las mujeres aparecen como eternos equilibristas en el circo del mundo, acosados por la contingencia en un mundo injusto y decadente. El referente es un espacio de la realidad con pájaros, árboles y mangos, que se presentan en el poema a través de imágenes caóticas y en mutaciones permanentes.
La palabra, entonces es el reflector que desnuda los detalles, construye, colores y sonidos que se apiadan del mundo, lo comprenden, lo aman y lo padecen.
Gatos, palomas y lagartos pueblan este libro, con su valor de referencia, pero también como símbolos del movimiento, de la vida y del deseo. Ratas, mariposas y moscas son también elementos de imágenes que sorprenden y de una adjetivación para nada convencional. La voluptuosidad y el hedonismo que saturan el texto no alcanzan para ocultar la enorme soledad del yo, que ve al otro como una angustia que acosa y como una realidad insaciable. | |
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Miriam Fuentes nos sorprende con este poemario, escrito a impulsos de una necesidad perentoria de participar a los lectores la intensidad de los latidos de su corazón, la grandeza de su amor a la madre tierra, la infinita alegría por la suerte de vivir, la esperanza en la magnanimidad de los seres humanos y su visión íntima y entrañable del mundo. Según la propia autora, el libro no satisface todas sus perspectivas de logro poético. Responde a su espíritu femenino de urgencias, razón por la cual puede parecer irregular y carente de mordiente, como si le faltara dar un giro o alcanzar el punto justo de retorcimiento y corrupción. Esta apreciación de la poetisa es consecuencia de su eterno descontento con los resultados de su actividad creativa, del obsesivo afán de autocorrección, pero no se corresponde con el tenor de los treinta y cinco poemas que componen la obra. Porque los textos que Miriam Fuentes presenta en "La giralda" son genuinos diamantes poéticos de muchos quilates. Traslucen sinceridad y espontaneidad a raudales. Y son la muestra de una poética auténtica y peculiar. "Soy una gota original" afirma la autora en el último verso del poema "El temporal". Y, también en el último verso del poema "De ver tantos sombreros", añade: "Agua fresca para los que caminan". Indudablemente lo es. Aún así, reconoce que afrontó su tarea creadora entrando con la boca seca al dominio del viento, poniendo de manifiesto la dificultad que entraña abordar la realidad de la propia conciencia. Con todo, lo cierto es que su fuerza interior venció los embates del ciclón de las pulsiones, el temor y la incertidumbre, y manó un torrente de extraordinarios versos. A veces son bocanadas de espanto; a veces, pálpitos de libertad sin mesura; a veces, globos de colores pinchados; a veces, alas rotas de mariposa; otras veces, estertores de una muñeca de trapo abandonada en una esquina del desván; otras, súplicas al viento; otras, brindis al fuego de los besos futuribles; otras, apretones de manos; otras, esquelas de sueños agostados; y otras, lágrimas vertidas a un papel en blanco. En fin, Miriam Fuentes ha cumplido su palabra, y ha sido esa giralda que nos ha mordido los corazones desde el suburbio, tal y como prometía en los versos del poema "De ver tantos sombreros". | |
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Esta mujer de ojos lejanos llegó desde el asfalto y se quedó en Vespucio, el pueblito del tártago. Puso su corazón sobre la tierra.
Y renació "preñada del verdor del abismo, del polen del follaje" cantando su amorosa canción.
No hay nada frío en ella, nada superficial. Es una poesía que se derrama como un jugo de granadas en los labios, como rocío o sangre," sol madurando el monte", intensa, visceral.
El suyo es un lenguaje carnal y desgarrado, "empapado del sexo de, sudado de aguacero, saliva conjugando los huecos y los labios".
Y "para que lo poco no nos baste" juega con palabras "parecidas a cuchillos brillantes".
Es un torso desnudo de mujer interpelándonos, con "una mirada inquisidora y ardida, furiosa de pena hasta la realidad".
Nos habla de mujeres en la noche, con su "alcancía silenciosa de entrepierna", de Pedro, el ferroviario, el que" guardó recuerdos en su saco como boletos inauditos que vendió" y ahora tiembla, con un telegrama de despido entre las manos.
Ha "perdido detrás del cementerio ser heraldo d peligrosas inmundicias". Le pesa "lo que duele en los zapatos de otros".
Usa de la severidad y la ironía, pero sus ojos como los de los ciegos, mas que mirar parecen ir palpando a los seres. Sabe que detrás de las mascaras habita la materia dolorida, despojos, cielos rotos, huecos de soledad. Y ella les va lamiendo la tristeza como un perro a su dueño.
Pero también celebra "las voces de la aurora", los fuegos que se encienden en los ojos de un niño, la rama desnuda del lapacho en flor.
Canta "la condena de esta maravilla".
Camina con "la piel húmeda como un rezo... tapándose los dientes para cuidar los besos", alucinada y tierna. | |
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"Cuando cumpla mil años" es la crónica poética del peregrinaje de un hombre que antes de ser hombre, fue un árbol. Un árbol bueno, donde amanecían primaveras y atardecían esperanzas. Un árbol firme, empeñado en colmar el hambre de los niños, en servir de cobijo a los pajarillos, en guardar los secretos de los amantes, en precipitar lluvias de lágrimas salvíficas, en promocionar jardines de libertad y en ulular sueños. Un árbol de excelente maderal colmado de fantasías que le tenía miedo al leñador y al fuego.
Pero un buen día éstos llegaron: el leñador taló todos los árboles del bosque y se llevó sus troncos; al tiempo que el fuego quemó los matorrales, las hojas y el ramaje. De este modo, el árbol se hizo leña; luego cenizas; y definitivamente hombre.
Y ese hombre nació en una ciudad, en un cementerio de hastío y soledad habitado por otros hombres, todos ellos pululando por las calles, todos ellos a la deriva, todos ellos con el corazón acartonado de egoísmo y egolatría, todos ellos procreadores de una estirpe de hurones y sanguijuelas.
El hombre, que antes fue árbol bueno y firme y temía al leñador y al fuego, era un hombre justo y cabal, amante de la naturaleza, compañero de sus iguales, merodeador de corazones, cantor de todas las lenguas, navegante de madrugadas, adalid de la paz, defensor de utopías y constructor de sueños inmortales.
Así que, viendo que en la ciudad imperaban el hacha del leñador y el fuego- convertidos ahora en violencia poliforme y miseria humana-, cuando cumplió mil años, decidió irse a vivir al mar.
Como antes de ser hombre fue árbol, quizá por simpatía natural, o tal vez por prevención, germinó en el fondo marino con condición de coral. Allí, fue testigo de historias de amor entre viejos lobos de mar y bellas sirenas, de cientos de naufragios, de no pocas peripecias de piratas y corsarios, del sosiego en el fondo de las aguas y de la agonía de los peces atrapados en las redes de los pescadores. Allí conoció la majestuosidad del albatros, la fortaleza de los vientos, las aventuras de las olas, las confidencias de la luna y las tonadas de las nereidas.
El tiempo, inexorable, transcurrió en siglos. Y el coral devino nuevamente en hombre. En hombre in-corporado que regresó a la tierra, pero no a la tierra mezquina y tétrica de los antepasados, sino a una tierra de promisión. Imaginó este hombre galaxias de amor libre, un planeta sin abismos ni alimañas y ciudades insólitas donde desplegar bulevares de concordia y calles que condujeran a los despeñaderos, para los jinetes del Apocalipsis. Se erigió en guerrero de la vida, conversó con las estrellas, dialogó con sus congéneres, participó del vuelo de las aves y se hizo amigo del águila y del cóndor, de quienes aprendió la altura del amor. Finalmente, fue a habitar una ciudad inventada por las golondrinas. Y se hizo sombra en la choza y la reja del individuo humano y se transmutó en canción para la vida.
Hoy, aunque su cabaña se ubique al borde de un barranco por el que a veces se precipita hacia el vacío y aunque, otras tantas, sienta la tristeza de la hoguera, sabe que su destino es ser madera, un humilde poeta.
ADRIÁN ARZA | |
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"El árbol de la memoria" es un conjunto de poemas producto de distintas épocas en publicaciones de diferentes libros de Guillermo Ibáñez, quien afirma:
"La edición conforma un corpus y es definitiva, después de sucesivas correcciones, a mi entender necesarias, para esta antología que en cierta forma es, en su totalidad, mi trabajo poético hasta el año 2000". La reunión de poemas de las distintas etapas de la obra de Guillermo Ibáñez se hacía necesaria. En las condiciones de conocimiento por parte de los lectores de poesía en Argentina, nada más proclive al error que conocer a un poeta por sólo un libro o un par de libros. Más aún en el caso de Ibáñez, que se trata de un poeta complejo cuya obra posee un desarrollo no lineal, caracterizado por recurrencias y superposiciones; que además, la suya está parcialmente dispersa en publicaciones y volúmenes colectivos.
Por su fecha y lugar de nacimiento, nuestro poeta debió haberse adherido a los parámetros del creacionismo o, mejor aún, del cotidianismo. Con el primer nombre hemos preferido designar a la corriente que suele identificarse como "Segunda generación vanguardista", o "Vanguardia surrealista". Pero nuestro apelativo connota inequívocamente para mayor claridad la relación de estos poetas con las teorías de Vicente Huidobro: "no cantéis la rosa, poetas/hacedla florecer en el poema", que sirvieron de principio rector para la corriente y la distinguieron del vanguardismo primigenio, que otorgaba a la poesía un papel más restringidamente celebratorio.
G. Ibáñez nace en Rosario en 1949. Al llegar a la adolescencia, cuando empiezan a dársele los primeros poemas, termina de florecer el creacionismo rosarino, ciertamente algo atrasado con relación a movimientos porteños como el invencionismo de Edgar Bayley o su posterior decantación en los poetas de "Poesía Buenos Aires", liderados por Raúl Gustavo Aguirre. Para entonces, autores como Aldo Oliva, Alberto Carlos Vila Ortiz, Rafael Ielpi, Elena Siró o Armando Raúl Santillán -precedidos de Rubén Sevlever, que hace de nexo con la sensibilidad anterior, la de la Generación del 40-, ya están publicando revistas literarias, y dando a conocer sus primeros libros.
Pero simultáneamente otros poetas, de la misma o parecida edad que él, circulan por bares y foros culturales de la ciudad, defendiendo una sensibilidad distinta: si los anteriores se han beneficiado con la democratización cultural aportada por la bonanza económica que aprovechan los sectores medios y humildes, éstos viven esa democratización como natural, y proyectan los valores antes privativos del libro a los géneros despreciados de la historieta, la canción, la novela policial y de ciencia-ficción; y odian el tuteo en la narrativa (aunque difícilmente se animarán a suprimirlo de la poesía). La corriente que van a generar ha recibido nombres como “cotidianismo”, “coloquialismo” o “generación del70”
Eduardo D´Anna
En la misma medida en que lo han hecho otros autores, la obra de Ibáñez, todavía sigue situándose -como la de tantos poetas rosarinos- en ese lugar lateral que caracteriza a los textos «inapropiables», para los aparatos culturales dominantes. Pero esa marginalidad (o excentricidad, o incluso excesividad), respecto de tales aparatos, tal vez sea el lugar que mejor le cuadre a una poesía como de este poeta, puesto que su lenguaje y los asuntos que trata, difícilmente podrían ser recuperados por una perspectiva que consagra lo obvio y lo común".
Roberto Retamoso | |
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"Voces de la palabra" lugar de aserción, de la interrogación o interrogación de la aserción misma. "Sombras sonoras" metáfora que circula como un río (siempre el mismo, siempre otro), que se baña en su propio reflejo creyendo encontrar al Padre, al otro, a Narciso...
Búsqueda de un tiempo primigenio edénico donde "El hombre ha descubierto/la voz que lo hermana/escucha desde lejos/entiende la distancia/El hombre es todo voces/silencio, todo
alma".
Pero también la palabra desprendida como de un pentagrama cósmico "Miro/desaparece Maya/pero lo sólo visto/no ilumina el
centro"; la caída, las infinitas imágenes especulares siempre otras, distintas de esa letra original olvidada, enterrada en su propio lecho, la mirada, mirada desde otra orilla, la caída, la enajenación de la propia subjetividad.
"El uno/ ido en otredad /no se alcanza/ nunca más"
La grieta como marca original de la caída, brecha por donde transitarán las palabras una detrás de otra, reflejo del reflejo como gesto agónico en su doble acepción: tensión del hombre con su palabra y como vano intento de una (descentrada) esperanza:
"esa imagen/estimado Freud/ es insuperable/. Sin espejos y despojo/ todo el inútil/."
Pensar la palabra como cuerpo viviente, como zoon de acuerdo a la concepción platónica: La palabra como pulso, ritmo del universo, floresta y floración: arbórea escritura donde la dicho está siempre por decirse y siempre por olvidarse. Poesía de soledad o de comunión, al decir de Octavio Paz: ¿dónde el límite del gesto y el acto del poema?. Palabra casi secreta, casi inaudible, madre de todas las palabras que trama su propia figura que forma una constelación donde la voz íntima se esparce en ecos y resonancia donde la voz se multiplica hasta parecerse a sí misma pero esta vez dicha por el otro.
Comulgar con el paisaje es en "Sombras sonoras", comulgar con la palabra, asistir desde la palabra al nacimiento del poema, contraponer el devenir "humano, demasiado humano", al misterio de la rosa "que esta en su eternidad y no en sus palabras" como dirá Borges.
"Las voces de la palabra- Sombras sonoras", recorrido de la mirada, de la voz serpenteando en cada poema como variación, como fragmento de una misma partitura; sombra chinesca que se agiganta y empequeñece, pero siempre sombra de la sonoridad, imagen de la sombra que asombra en voces palabras.
Ana Victoria Lovell | |
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Ya en la primera parte de "26 Poemas Fundamentales", Guillermo Ibáñez nos desvela su propósito al escribir este poemario. Abre el juego una clave, que está dada por "De los niveles", un poema que advierte sobre la irrupción del lector en un universo abierto, pero fuertemente condensado en torno a la unicidad del sujeto autor, que tiene conciencia de su multiplicación en el otro como una dialéctica donde la identidad no se pierde, sino que se posterga, que es diferida en la multiplicidad. Esa individualidad que es la que crea el poema pero que no puede crearse a sí misma hasta que no se produzca un discurrir entre los otros, un periplo del que necesita para conformarse. En la aparente paradoja instalada por Ibáñez, el sujeto autor es definido como un hombre solitario que necesita tanto de los otros como del entorno no humano para ser, para alcanzar su mismicidad, al tiempo que incorpora elementos que, ubicados fuera de lo humano, forman parte de ese viaje entre los seres y las cosas que habrá de resolverse en la identidad. En el sustrato, sin embargo, la misma conciencia que advierte que el sujeto es muchos -el "yo es otro" de Rimbaud- también se siente espectadora y entidad comprendida por lo que se encuentra fuera del área de lo humano, dado que como bien enuncia Ibáñez, esa conciencia gestora del poema es capaz de apreciar el decurso de un espacio / tiempo, la tarde hecha sinécdoque del tiempo y del espacio, pero asimismo se sabe capaz de olvidar el instante, lo que equivale a optar por el continuo en detrimento de lo particular. Este juego entre las partes y el todo es el resumen y la aseveración final de la mayor importancia del conjunto respecto de la parte, donde el colectivo es mayor que lo particular, aunque acertadamente se imponga luego el juicio de que es precisamente la conciencia ampliada del peso definitivo de lo colectivo lo que culmina por conformar lo individual. Asistiremos en "26 Poemas Fundamentales" a otras reverberaciones del mismo concepto inicial, pero el hecho de ubicar en el frontispicio de la colección de poemas a la que ingresamos esta aseveración fundamental, la exhibe como un eje del conjunto y una de las llaves de la necesaria hermenéutica que nos brinda el autor. Ibáñez nos recibe así, mostrándonos su multifacetada condición de sujeto creador / creado por su propio mundo poético.
El mismo dice, por si alguna duda cupiera en nuestra lectura que avanzó hacia el segundo poema, ratificándose en sus dichos:
"Recién consciente / de la nadidad del ser / salí a la luz./ Transité corredores,/ y apenas conseguí/ la primera llave / ignorando aún / innumerables
puertas.". Estos siete versos abren otra instancia que amplía aun más lo referido en los anteriores: los "26 Poemas Fundamentales" son un largo viaje, breve en términos de la horizontal extensión del texto -le alcanzan 888 palabras para hacerlo- pero extensos en otra dimensión cara a la poesía, que es la de la profundidad, cuyo norte es precisamente la adquisición del dominio de esa conciencia que se sabe plurifacética, multidimensional, que se extiende más allá del sujeto pero que conoce que en su periplo no hay una pérdida de esa individualidad, sino muy por el contrario un apropiamiento, un conocimiento de sus extendidos límites, que están expandidos inclusive más allá de lo humano.
Luis Benítez | |
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Simplemente quiero aludir a la propia autodefinición del poeta. Guillermo Ibáñez dice: "A vos/ que eras viento/ te escribe él/ que es viento."
Y ese "él", que no es artículo sino pronombre en la tercera persona del singular, un lugar ocupado por el poeta en todo el texto de esta obra. Desde aquel "Poema último", que para quienes no lo hayan leído fue uno de los textos más jugados del autor, desde aquel viento que tuvo un cariz de tornado tempestuoso y apasionado, a este Ibáñez poeta de hoy, hay una distancia, estaciones de la vida, modos de concebir la realidad más despojadamente, con más silencios y preguntas que con aquella ardorosa vehemencia.
Y Justamente, es en esas preguntas retóricas donde radica la imposibilidad de una respuesta y por lo tanto, el cuerpo del libro se vuelve existencial, plagado de incertidumbres humanas, coherente con el transcurso del tiempo y de la vida, coherente con el dejar paso a la observación. Podría decirse a la contemplación casi venerable del ser, de la naturaleza y de todo lo que por viviente hace que valga la pena ser visto y rescatado.
A pesar que el poeta alude a la muerte en varias ocasiones, éste es un libro vivo, respira como él, es también un cuerpo.
Aquí todo es ir como el viento, ese viento que junta y esparce, que reúne y disgrega sin preámbulos ni advertencias, sin pecado, sin arrepentimiento. Él es el viento. En este libro parece que no ha quedado experiencia por hacer, lo que respira y lo que exhala Ibáñez es el hálito de su propia vida, lo que respiró con aquella pasión del Poema Último, ahora lo ha transformado en un instante de meditación y el libro es casi un instante, pareciera escrito así, en medio del compás respiratorio, todo de golpe y uno. Para ser más exacta, pareciera que ese compás hubiera durado tanto como llevó la escritura del libro, que nunca se hubiera cortado o decaído, que hubiera sido un largo juego de sostener la respiración hasta haber quedado concluido, y esto es lo que logra su autor combinando y recombinando momentos hasta dar con un final provisional y tal vez promisorio de nuevos vientos como lo anuncia o bien nos encarga, nos invita en una cesión de metas y voces, para que sigamos todos los que hacemos el oficio, esta ruta propuesta que nunca concluirá, como el mismo viento.
Guillermo Ibáñez es próspero en sucesiones de imágenes que hablan de una gloria, su territorio, tal vez Zavalla, tal vez Rosario, tal vez el mar de sus viajes.
Tal vez cuanto territorio pise.
Es un poeta de lo tangible pero ahora, de construcción despojada, casi lacónica. Va reparando en paisajes, pájaros, cielos, pero apoyado en ellos busca el otro lugar, el que lo saca de la inmediatez palpable, visible, real porque él necesita salirse de esto y busca el vacío, la nada, ese sitio del "desterritorio" en el que se excluye del ámbito amado y natural y va hacia un lugar, zona inaccesible en el que se complace y dice:
"Soplo o desprendimiento/ en que el cuerpo/ desaparece/ se transforma en vuelo" o "Dentro del vacío/ palpitan rituales/ sangre adormecida/ puertas abiertas."
Es el acceso a un estado vacante, sin imágenes y sin conceptos. Espacio desierto pero fértil que volverá a ser habitado por nuevas imágenes, que se volverá a llenar de sustancia poética mientras este viento siga soplando.
Ana María Russo | |
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La poesía de Gabriel Impaglione está marcada por un profundísimo respeto hacia los demás, o sea, hacia aquellas personas nombradas en los momentos de dolor y de desasosiego. Las vidas trazan una espiral de recorridos en su obra, que es -definitivamente- relevante, porque es humana.
La muerte es una presencia visible en sus versos. También las historias políticas, los sucesos mal nacidos que dejan desamparados a los hombres, las mujeres y los niños. Y además el amor, la claridad de los sentimientos.El mundo se instala en sus poemas que tienen, casi invariablemente, la calidad de una doctrina. Como los versos generosos de Pablo Neruda, sus poemas entran en la vida de todos los lectores.
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Hay poetas que construyen su voz en un largo camino de actividad literaria. Tanto el material ideológico como las experiencias personales, los sentimientos ingresan para someterse a la presión de lo literario, a la dominación -afortunada o desafortunada- de una estética. Otros poetas prefieren el camino del afinamiento personal. Se diría que la página en blanco sobre la que inscribirán su estética, son ellos mismos. Es un propósito difícil y hasta riesgoso, no cabe mucha posibilidad de subterfugio ni de distanciamiento (aquel "extrañamiento" de que hablara Bertold Brecht.) Todo el yo del poeta pasa a ser instrumento del decir poético, del canto; el hombre, poeta en estos casos, intenta ser laúd, órgano catedralicio o quizás melancólico silbido humano enriquecido por el temblor de los humanísimos labios. Si tuviera que definir a Ester de Izaguirre preferiría este símil. Asume todos los riesgos de nombrar sentimientos y situaciones. Lo hace exponiendo su sensibilidad al desnudo, sin adornos de conclusiones morales -esas falsas alturas políticas, religiosas o éticas- consigue vencer el difícil desafío y nos alcanza estos poemas humanísimos, sinceros, verdaderos. En ellos aparece la cotidianidad sin arrogancia ni agregados épicos, simplemente la verdad de lo cotidiano y lo simple, pero tamizados por una sensibilidad atenta, una sensibilidad de poeta, capaz de una percepción profunda y significativa que transformará esos hechos simples de todos los días, en experiencia profunda y trascendente. Se dijo que los poetas son los más encumbrados constructores de esa "conciencia social reflexiva", ese arduo trabajo de los hombres -los únicos seres incompletos (y por esto imperfectos) de la creación-. Somos los espectadores, estamos obligados a tomar conciencia. Toma conciencia el ingeniero, el científico, el periodista, el hombre que medita sobre su situación y sus conflictos. Pero el poeta es el más alto exponente de esta necesidad porque su toma de conciencia es la más universal y completa: opta por captar -o lucha por capturar- el sentimiento del existir. Puede intentar hacerlo con un Himno holderliniano o en un ciclo terrenal y celeste como el de la dantesca Commedia, pero también puede hacerlo a través de lo mínimo, a través de las cosas de nuestro entorno, del aquí y del ahora. Si es verdaderamente poeta, comprenderemos y sentiremos en su voz que al nombrar lo que vemos y sentimos todos los días, como por arte mágico, esa realidad aparentemente inmediata, es devuelta a una profundidad que se nos escapaba antes del verso. Si el sociólogo explica y el político y el filósofo interpretan, el poeta nos da, en cambio, algo total: el sentimiento de vida como conciencia del existir. Ni la piedra ni el animal necesitan sentirse vivir, pero sí el hombre. Y entre todos corresponde al poeta entregar la expresión de ese sentimiento total. A lo largo de las generaciones los poetas son -pura y simplemente- nuestra conciencia humana. Ester de Izaguirre no centra su libro en temas o series de temas excluyentes. Su conciencia poética, libre y emocionada, se posa en el más variado paisaje, desde lo personal hasta el ambiente ciudadano. Sus versos encuentran seres queridos, las casas, las calles de la ciudad -hasta sus personajes como "El deshollinador" (poema logradísimo)- el amor y la meditación del amor, y la muerte, el interrogante eterno. Pero los temas de todos sólo cobran altura en la pluma de muy pocos, y Ester de Izaguirre logra darnos una clara prueba de sensibilidad omitiendo las sonoridades del arte elocutivo tanto como el prestigiado recurso de las interpretaciones fáciles (aunque se revistan del prestigio de lo filosófico o lo político) y queda un despojado sentimiento de verdad, de pura realidad. Es aquí cuando su poética se hace altamente significativa, reconfortante, ya que hay una afirmación final de la vida.
Ester de Izaguirre nos eleva a una celebración verdadera, a una afirmación, diría, religiosa final, que nada tiene que ver con facilidades fideístas. Creo que éste es el aspecto que más tenemos que agradecerle a E. de I. Yo, formalmente, lo hago con entusiasmo, al haber encontrado verdadera poesía en estos tiempos de falsas cosmogonías y quejas plañideras.
Abel Posse | |
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En este libro, en su profunda poesía, se nos describe en imágenes bellísimas o trágicas la vida del habitante natural de las tierras fueguinas: sus representaciones, sus creencias, sus formas de ver la realidad. No sólo es un libro para salir de nuestro mundo e intentar entrar en el de ellos, es un libro en busca de la sabiduría de quienes vivían tan pegados a la naturaleza y a sus apariciones sin huellas. Un aporte a la comprensión de todos esos mundos que fueron desapareciendo a medida que llegaba el hombre blanco.
Osvaldo Bayer
Un libro que le habla al pensamiento y al corazón de sus lectores. Un libro a contracorriente de las modas más urbanas de la pequeña escena poética. La construcción de un mundo y la fidelidad de quien lo escucha. Homenaje de un poeta cuya alma oye el alma grande de un pueblo al que persigue y ensueña. Un indio del norte, diría Lola Kiepja, a quien sus cantos han llegado, y lo acompañan en la dulce intemperie de la poesía.
Diana Bellessi | |
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Cualquier aficionado al arte no puede quedar indiferente ante una exposición de Gunther von Hagens, sus epitafios no son arte por lo que dicen sino por lo que son, ya que son el propio muerto. El visitante tiene las obras junto a él, puede palpar, mirar, pero al hacerlo recibe el imponente hallazgo de su verdad, como en un espejo el ser expectante queda reflejado en su exacta medida.
Esta colección de arquetipos reales son el fruto de la comunión entre ciencia y arte, a través de un diálogo cada vez más abierto y necesario. El gran hallazgo científico de Gunther von Hagens recibe el nombre de plastinación y se presenta como un método avanzado para la conservación de material biológico, que supera las limitaciones de los métodos tradicionales.
Básicamente consiste en extraer el agua y los lípidos de las células y sustituirlos por polímeros, que pueden variar en función del resultado que queramos obtener, si queremos podemos potenciar las propiedades ópticas (transparente u opaco) o si queremos podemos potenciar las propiedades mecánicas (flexibilidad o firmeza).
Influido por este novedoso sistema de trabajo surge esta obra breve, intentando combinar por una parte arquetipos orales y por otra nuevos artificios literarios que no hacen si no reflejar la pervivencia incorrupta de la esencia poética.
El autor | |
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| En esta obra Mario Meléndez nos ofrece su percepción del mundo. Mira las cosas, y hace que las cosas oscuras, fúnebres, enormes, sean luz. La luz de su mundo, de su poesía. Es franco consigo mismo, con nosotros, con el lenguaje. Dice las cosas que hay que decir, con absoluta astucia, con un aire de suficiencia, como que con su trabajo podemos salvarnos. Yen verdad, nos salvamos. Su forma expresiva es directa, o sea, en ella late lo que algunos han dado en llamar la direccionalidad del discurso, consistente en desusar las imágenes crípticas para asumir, inclusive, el lugar común, como un recurso nuevo y establecido que asombre. Este recurso es la metáfora insólita. El discurso de Meléndez es inaudito para muchos, pero siempre deja una dosis de enorme bifocalidad, de aquello que el lenguaje tiene en su matriz, pero que no todos podemos usarlo siempre, que es la connotación sobre el hecho denotativo. El enfoque de los temas sobre la unidireccionalidad pasa por todos los subtemas que sus imágenes entregan a lo largo de cada poema. Meléndez, por lo general, se aferra a un sentido primero que es la autocontemplación desde el poeta grande hacia el aprendiz, para terminar hablando del mundo en su substancia. | |
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La poesía es la maestría de decir el silencio, llegada inicial, abierta a lo que nadie dijo, aventura sin edad que conjuga el asombro con la experiencia renovada. El presente poemario culmina inauguralmente una extensa profesión de la palabra. Vivir, sobrevivir entre palabras, es el trasfondo de una escritura que alcanza de manera natural unidad de ritmo y precisión semántica. Si la poesía debe contar y cantar, estos poemas ponen el acento en el vivir humano con todas sus vicisitudes, desde lo más sencillo hasta las vastas reflexiones. Sería inconcebible sin un sujeto real de quien podemos adivinar su identidad, coordenadas y circunstancias.
La duración, el amor, la amistad, el instinto, la historia, la dimensión de lo social y el milagro cotidiano, son los temas disímbolos que transitan este libro. Más que ante un primer poemario estamos ante la decantación de una vida vivida, personal y literaria.
Exploración de asuntos y distancias, estos poemas indagan misterios que emiten sus señales en el tiempo. La conciencia los interpreta y cada vida desarrolla su lectura. El poema construye una apuesta de sentido a la existencia porque la salvación no está fuera sino dentro del sujeto que redime al absurdo. Laberinto y salida son producto de la persecución, acecho metafísico de la inaceptable finitud. Si preguntamos por qué un ser ajeno nos refleja en el espejo diario, la respuesta es algo más que la mera suma de acciones y renuncias que han labrado nuestro rostro siguiendo pautas desconocidas.
Desde la infancia temprana enfrentamos la radical interrogación de la nada. A merced de su imperio la pérdida fatal nos marca para siempre. Pero no es lo mismo contemplar un cadáver que ser testigo y protagonista de la lucha con la muerte. La agonía es un drama eterno, insoportable. Cataclismo de carne, incendio de entraña equina que no logra sofocar una lluvia de crines desesperadas, la muerte es animal. Sin sábanas, sin rezos ni drogas piadosas, el cuerpo vivo en carne viva se abre para alojar el sol nocturno de la muerte, cuyo deslumbramiento se graba incandescente en la memoria. El animal que somos sabe que va a morir y construye con arte y vida un testimonio tramado sobre el rescate de una trascendencia siempre fugaz. Una mirada amorosa recorre este poemario
"sin otro más allá que el robado al instante", creando una épica de lo cotidiano. Un humanismo a escala doméstica elude retórica e ideología para cobijar cualquier manifestación, porque nada de lo humano le es ajeno.
Iliana Godoy
El presente poemario arroja luz sobre piedras veladas por la cortedad de visión de los hombres de nuestro tiempo. Eduardo Molina y Vedia se habita a sí mismo y desde ahí busca penetrar en otra realidad para comprender lo que la vida significa. Se sumerge en la búsqueda a partir de la imagen infantil de una yegua insolada que parece la propia metáfora de la infancia, una patria que nunca puede ser abandonada del todo. Volvemos a ella o la miramos desde la lejanía de los años, e intuimos que la llevamos tatuada por siempre en el alma. Tiempo, recuerdos, memoria. Los afluentes de este río poético nos pulsan las cuerdas dormidas para integrarnos a una sinfonía de palabras que baña cada página. | |
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Mis palabras, que no construyen puentes ni estrellas y que a menudo crepitan como fuego cogido de los rescoldos duros del corazón, mis palabras, digo, hoy las pongo con cuidado aquí, en estos versos, como sin luz ni tiempo apenas, dudando casi; poco hay que ofrecer desde el don no habido, desde esta aciaga intemperie de los hombres que vamos con las manos en alto, preguntando sólo; (una fragilidad pavorosa me toca
cuando insisto en qué he de dar sino besos obscenos al aire y el silencio aprieta y hace daño con su honda inteligencia, honda y desmedida)
... oh amigos, aunque tristes y pocas, unid, juntad mis palabras, tal vez algún sueño pueda hacerse con ellas.
Orión de Panthoseas | |
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Si la poesía y la narrativa respondieran a parámetros equivalentes, yo propondría este subtítulo para las OC de Rolando:
novela de iniciación.
Es que, precisamente, y en tanto relato, se han puesto en marcha fragmentos de una historia personal, se ha establecido un diálogo con padres, novias, abuela, maestras, se han recorrido los espacios y las modas que cifraron un aprendizaje y una pertenencia adolescente. Pero el tema excluyente es el de las relaciones humanas.
¿Cuánto de seducción habrá en esta escritura? Por lo pronto, no la habitual, no la conocida y devaluada; y, desde luego, no parece casual la insistencia de su autor por licuar cualquier mirada complaciente. Dentro de un esquema donde el chiste, la ocurrencia y lo caricaturesco se despliegan con desigual fortuna, y más allá de los procedimientos que, consciente o inconscientemente, Revagliatti hubiere incorporado, una sombra deseada sobrevuela sus textos: la del lector estupefacto.
("Un globo ocular estupefacto", así concluye uno de los poemas, pág. 17)
(...) Mediante la vena amatoria, Revagliatti ensancha su registro desde lo que podríamos llamar su orilla más convencional hasta su ampulosidad más fervorosa. Subordinado al discurso coloquial (peripecial y/o lúdico) el tema del amor frecuenta su poesía, particularmente en las secciones
"El fotógrafo cargado" y "Espasmitos espantosos":
"Como": Qué bueno que el amor/ se imponga en el poema/ qué bueno que qué bueno/ yo te poemo como te amo/ te poamo (pág. 84).
"¿Tropezón?" (estrofa final): No me embauqués/ cuando no sea tu propósito hacerlo/ desprestigiáme de a poco/ ante mí/ prestigiáme de golpe/ tropezáte conmigo una vez/ que después siempre (pág.87).
"Obras completas en verso hasta acá" es un magnífico ejemplo de su forma de entender la poesía. En el poemario abunda "el sarcasmo, la ironía, el humor falsamente ingenuo, la burla, el trastocamiento... ES una atrevida apuesta literaria que huye del "espectro de la mediocridad, de la perduración en la repetición y del conformismo del gimoteo". Revagliatti prefiere desplegar el tránsito de los personajes de sus textos por las pasarelas de sus vidas, más que presentar las anécdotas que pueblan las mismas. El poemario está constituido por 4 secciones, a saber:
"Los papás queman", "El fotógrafo cargado",
"Espasmitos espantosos" y "El cirujano poetón".
En "Los papás queman" se perfila una época (los '50 y '60), las tiendas Harrod's y su descripción enumerativa, los paseos familiares, las preferencias infanto-juveniles, la consolidación de la sexualidad (complejo de Edipo mediante, ineludible), las posibilidades de nombrar la nostalgia (con no poca crudeza). El título de este capítulo, codificado por mi burdo intento de dilucidación personal, sería:
"Los papás cogen".
Pero hay joyitas como esta:
Diana Dors/ acerca sus tetas de nácar/ a mi sopa/ ¡Yeeeeeah!... Diana (pág.18).
"El fotógrafo cargado" alude a un extraño personaje en el poema inicial e inmediatamente comienzan a aparecer los nombres de unas señoritas de linaje vario. Ahh, las pasarelas del ojo poético..., niñas: esplendorosas como Constanza, inconsecuentes como Ana, instantáneas como Nora, anheladas como Eliana M. Cada una con su estereotipo, configuradas por un decir que las vive y reinventa.
...toda que es toda/ que si usted no la ama ni la deja/
es que ni la critica/ es que ni es/ usted/
y ella sí/ ella es toda.
(fragmento de "Constanza", pág. 36)
De "Espasmitos espantosos" habíamos adelantado algo. En este bloque de hacer el amor se trata. (El yo poético, fuertemente presentificado, no iba a perderse tamaña oportunidad, esa "graaan aventura", como reza uno de los poemas.)
Transcribo una curiosidad gramatical donde con eficacia se enlazan 6 verbos consecutivos:
...me toca saludarte/ emocionarte/ dejarte haciendo que te vayas.
La serie "El cirujano poetón" que cierra el volumen, a diferencia de las anteriores, ofrece una diversidad temática. Destaco especialmente
"La musa merodeadora" y "A la nostalgia", poemas donde lo poético logra una fuerte impronta existencial.
Otros textos apuntan a desestructurar el sentido con un trabajo directo sobre el lenguaje tal como se ve en
"La dexyuprilora" y "Cirú". El extenso y arrollador poema surrealista
"Mil novecientas ochenta y cuatro" responde a esta última propuesta.
José Emilio Tallarico.
Epílogo de "obras completas...",
(Texto adaptado por Adrián Arza) | |
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[…] Toda la obra de RR está ligada por señales de un lenguaje netamente autotélico (derramar un diccionario es un acto de belleza). Se hará evidente que estas palabras pretenden, también, ser la astucia que antecede a la definición; meditadas para el caso, plantan miradores, pretenden hacer que el otro comparta mirar donde lo hizo uno. […] Viendo el uso dialéctico que la psicología antepone al acto explicativo, comprendo el rol absoluto que las representaciones autosemánticas tienen en la escritura de Revagliatti. De lo contrario me quedo con el pintoresquismo eufórico de un rato.
Acometo Del franelero popular, una lógica sin intimidad con otra zona de juicio con moralina; detrás de toda gran frase se esconde una mejor… ¿Escuchaste, lector, el segundo en el cual RR, agotado su gárrulo contra nosotros tal un sacerdote “cachador”, te sacude con guasa y despección su mundo contaminado de sensorialidad? Te saca del dogma al que te apegas con resonancias pasadas, porque este poeta ancla sus significancias en el pasado del descontento. Para materializar la resignificación, la mejora quirúrgica de frases que se sospechan ya inútiles, ya minusválidas. Sólo donde el universal ha dejado de ser folklore, Rolando las reescribe las más de las veces unívocamente; otras, inmejorables.
[…]Este franelero popular es prueba del empirismo como escepticismo. En
Versos hasta acá y en Del franelero popular, se hace masivo uso del epigrama, un epigrama acriollado, adulterado por puntuaciones problemáticas que exaltan y a la vez arman con rigor el error, llegando a tropezar con delicadezas de efecto y de lectura que considero antológicas.
En los verdaderos refranes, que son ahora los que ha escrito Rolando, conmueve el destino de la pregunta.
EL LIBRO, ESE EBRIO DE RUMORES
A falta de palabra para libro, muchas lenguas dicen el lugar para las
palabras; en una lengua que prefiero apartar de la consulta, pregunta se dice
donde penan las palabras.
Esta insistencia mía con la pregunta es por creerla diseñadora universal del sentido estético y solitario de la poesía revagliana; poética que se desnaturaliza hasta el punto de hacerse diálogo en el otro; así se ha consolidado en Rolando lo que otros autores rozaron no sin preocupación, ungidos en la tontería que disculpa a cualquiera que no quiere adentrarse seriamente en la zona negativa del humor, el homoludens rompe con algunas, sólo algunas premisas de prestigio, conserva las de grupo. Consulto un diccionario de “…” buscando humor y prestigio –aparece como valor potlach que garantiza la proyección- ; para la primera encuentro (as´t cha)
de donde te vas y para prestigio-importante (d´ tál na) para que no
seas. Qué pobres que somos en esta aldea cuyo diccionario sindicalizó los significados. El
franelero no nos engaña, nos vuelve de donde nos fuimos y nos deja ser.
Todo está cautivo de un pacto circunstancial no hay órdago ficcional; Rolando recrea hábitos del habla de los años 40 y 50 que, aunque tardíos para mí, supe estar de niño y como niño dentro de esos estertores sonoros de un argot. No tengo razones, pienso mal (todo es penuria en mi memoria quieta). La esperanza de poseer un lenguaje nacional ¿funcionó sólo como lengua editorial? La prensa de la prensa ¿mortifica la escritura periférica a los grandes temas con un modelo sitiado por la tradición de lo correcto? La poesía y
Del refranero conspiran con alegorías de alegorías… Para la manía de profesionalizar el arte, montaremos un hospital interior que sane, sane, sane al escritor injuriado de garantías de herencias y vernissage, le devuelva la fe en la palabra (aún rota la palabra por la temporalidad, se mantendrá compuesta del imbrico significado…). A tener valor vinimos, también… y hay que escribirlo…
Daniel Battilana | |
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La obra poética de Rolando Revagliatti (Buenos Aires, 1945), por lo menos la que nos motiva a este trabajo, se vivenció y escribió en el lapso que va desde la aprobación de las leyes de obediencia debida y punto final (mes más o mes menos) hasta su anulación por brutales e increíbles, y aun algunos tramos más acá. O sea, en años en que la democracia turca, o virtual, o como se le llame, dejó un pozo, entre el cablerío cortado y la pared caída. Tiempos, recordemos, de los grandes desembarcos y de las apuestas mayores, también en la cultura, con su producción de humo y de reflejo. Una realidad que el poeta fue entendiendo, y digiriendo, también como una demasía para él solo, pero tampoco quería ponerse a vivir por nada, y se entiende, en la queja de bandoneón y en la derrota. Y de ahí su paso, su vibración y su actuación sin tregua, que son muestras palpables de un nervio a cielo abierto, pero también de una herida palpitante; y así lo hemos observado más de una vez en el silabeo, a veces grave, a veces sobreactuado, de sus poemas, que van colmando el espacio con su gracia desinhibida y tensa. Así, a menudo, su poesía termina derivando en el sainete, un sainete atravesado, y condenado, de abismo y de vacío. Un modo, con una intimidad, que el poeta escogió sin más para dialogar y representar una realidad (y una trizadura, un aire), por momentos más cercana a la absurdidad, que, está visto, lo golpea y lo estremece. Un poeta que escribe -tantas veces así lo imaginé- contra las cuerdas, a veces mirando conmovido al ring-side, sabiéndose solo, para sacar finalmente, apoyado en ese espaldar de sogas, su seguidilla de golpes más precisos. Otras veces, no pocas, seguramente en la calma de su hogar, en tardes o noches lentas, el poeta juega, ríe, se da un respiro, como quien avanza en las páginas vacías, no para más que por eso mismo y para situarse mejor en su trabajo, donde la materia prima es su propio cuerpo, su propio tiempo, el tiempo de todos, comprendiendo que el juego, el sainete de los cuatro vientos nacionales, es serio, muy serio. O bien sale a caminar, a embeberse del aire de parques tan distintos, indagando en las grietas, y regresando, bajo su camisa y su pantalón puestos a prueba. En este camino, que es andado y demarcado en poema y poema, el poeta deja traslucir sus costumbres y tonos de familia y sus ancestros, y en este ejemplo, su intención, sus lugares, su voz, son muestras elocuentes y extrañas, o muy de estos tiempos, de tejidos rotos y huellas entrecruzadas, y donde más que los trayectos y procesos de la historia de una lírica, y de una mística, hay la conjunción de los materiales más diversos, en sorprendente apareamiento, del sacudido y contemporáneo mundo. Ahí aparecen, como vecinos de sus calles, y como tíos mayores y maestros, Nicolás Olivari y Julio Huasi, tantas veces abrazados o fundidos, muy en Rolando, en una u otra esquina, desde el humor y la pincelada suburbana hasta esa tensión o insinuada crispación, que, con fondo de hora pico, pueblan la escena y la mirada del poeta. Una confluencia, la continuidad de un curso, no exentas de apoyaturas, que han venido confirmando un campo singular en el marco abierto de la poesía porteña. Entre sus diversos, intensos poemas, entre lo significativo de su salsa, obrando como verdaderos carnets de identidad de su obra -y además hábitat de crecimiento de este trabajo-, surgen por sí solosn al recuerdo poemas como: demasiado yo para mí solo; el que refiere a la sartén (por el mango); el que atañe a las rameras y a la policía de sus cuadras; el dedicado al Episcopado o el que ahonda en su fastidio, y, entre algunos otros de la lista, finalmente, ese poema-declaración en que el poeta, otra vez en los bordes, o más allá, esgrime su arma cargada de defensa. Rolando Revagliatti, un poeta de flores, un poeta en los límites, un poeta dramático.
Eduardo Dalter
Buenos Aires, 2008
En los tramos finales de preparación de esta
antología, Eduardo Dalter mantuvo diálogos con los
poetas José Emilio Tallarico y Carlos
Alberto Roldán, conocedores también de la obra
poética que aborda este libro, por lo que deja
constancia de su agradecimiento.
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Título, dedicatoria, epígrafe y seudónimo señalan lo que me parece una elección (decisión[¿]) importante: exhibir un lugar femenino que reconoce su fragmentariedad horizontal y vertical en el canon y, al mismo tiempo, la ineludible puesta en texto de una opción vital por la “literatura”.
De entrada, la voz femenina parece resonar como la de una memoria amasada en los recodos de la infancia casi onírica y de una vida habitada por dos fuertes pasiones: la literatura y la amistad que le dan sentido. La pasión literaria (como “oficio de fe”) es, en realidad, una fuerte pulsión de deseo artístico modelado en la infancia y amasado en letra como opción involuntaria, como resultado de algunas impotencias. El arte es camino, mediación para el acceso a un mundo paralelo, liberador, “mágico”, develador de los secretos de lo real dentro de lo que se oculta lo distinto, lo que se des-ata cuando el propio cuerpo se transforma en el cuerpo de la escritura, se desanuda, se explaya y se abre dolorosamente como en parto.
Si el arte literaria (escrita y leída) es eso, tiene entonces potencia para mostrar, señalar, demostrar, enrostrar, golpear todos los dolores metaforizando injusticias, genocidios, muertes, la cara enferma de la humanidad. Y esto más allá de que respete o no las formaciones rigurosas del verso o del relato acerca de las que ya ni siquiera es necesario interrogarse. A veces, sin embargo, todavía es imperioso dar “forma al caos” aparente del recuerdo, contando lo que sucedió o se cree sucedió en algún momento de la experiencia; cosmo contaminado con “cuentos” escuchados o leídos que insisten en hacernos recordar aún –tal lejos de la crítica pos- a ciertos fragmentos de los fundadores que se nos meten entre los ojos y no se alejan aunque intentemos espantarlos con el gesto de la mano.
Porque –a, porque para la voz que narra hay sólo una Luisa con su gato y su historia de amor, y sólo un pavo cuya muerte se aferra a la memoria, y sólo una manera de leer a Shakespeare y de homenajear a los viejos dorados españoles y a los nuevos y aventureros semiólogos que hacen posibles estos relatos y estas especulaciones.
Por eso las narraciones se vuelven poemas, se ensimisman con un ritmo peculiar y repetido que aproximan otros aires y miradas dulces, un tanto nostalgiosas cuando no un tanto autocompasivas pero finalmente redimidas en la imagen de la madre siendo madre-mujer-pasión como la misma mano que escribe, la misma boca que pronuncia.
Otra página y acá se privilegia, con más fuerza que en otras anteriores, una discursividad preñada de ironía para calar en las ferias de vanidades características de la estupidez humana cuya pequeñez no obstante asoma en el gesto oculto y silencioso apenas percibido por la mirada crítica. Mirada que acusa también a las mujeres-macho que profundizan la cultura masculina, que estigmatiza a los héroes inventados por la imaginería de sus indudables herederos en un mundo cuya cartografía es recorrida descubriendo no los museos plenos de reconocidas “maravillas”, sino los intersticios donde se guarecen los desechos miserables que aquellos desconocen.
Es demasiada vida la que se bebe la literatura para existir, se señala en homenaje a un poeta del dolor y de la muerte y es el esfuerzo de ponerla en texto lo que este conjunto de “fragmentos” ejecuta. Después de viajar por ellos hacia un mundo muy ancha y nada ajeno, me voy a dormir con los ojos llenos de imágenes, sonidos, escenas que ya no sé si son mías o ajenas, pero sin duda íntimamente compartidas.
Zulma Palermo
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Con sus manos urgentes, acaba de encender el fuego, para la eterna fiesta de la fama evocando la madera multiplicada, el nido, las hojas, la memoria del pájaro. Él, enciende a dentelladas la fogata, se arrima, se coloca cerca, revuelve los olores del café con su último poema "Los sin Tierra".
Él busca el calor de otras hogueras y escribe a galope de desbocado, sin que nadie lo detenga. Acuñando todos los cielos, en sus dedos acerca mares, va de Barcelona a Brasil con la misma velocidad e intensidad. En su territorio crujen; llaves, trenes, asombros, callejones, y un viento que nos trae el olor del pan caliente, un teclado de leños resistiendo a las primeras lluvias.
Él tiene en sus manos la poesía, como a una mujer caminando por un húmedo bosque encantado. A esa suave piel, la acaricia bajo las circunstancias de los signos, porque sabe decir la palabra que lo habita, porque empieza a tener la certidumbre de una tarde de bermejas ciruelas, la certeza morada, que nos imprime como sello la locura, Marcelo a mano alzada, ha comenzado su safari, con la complicidad de una paloma mensajera, va descalzo en infinitas interiores, comparte los leños, a la misma hora que los amantes se encuentran bajo la misma mirada de un ángel. Ahora ha remontado vuelo, libre, planeando alto, más arriba de las luciérnagas, y en sus alas la belleza y la memoria del pájaro.
Miriam Fuentes, poeta salteña
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En "El color con que atardece" Ricardo Rubio simula distracción, un "si yo sólo pasaba por aquí", mientras agita un oleaje de sentimientos que alcanza las costas de un nuevo tiempo promisorio y arrastra a los lectores con una fuerza inusitada al fondo del mar de la poesía. Él afirma que "tiene una palabra en la boca", "el recuerdo de un beso" que estrelló en el aire y "el encanto fugaz de un sueño" y que le acompañan la madrugada y "un destino confuso" que lo hace más cierto. ¡Casi nada! No es de extrañar pues que su propuesta poética sea un amanecer que inflama el alma con la luz de la mañana, alma que, cuando abre caminos, descubre que la lucidez se espanta y se ahoga la ilusión; amanecer radiante que nos invita a seguir sus pasos y, así, a cerrar los ojos para crear los signos de un lenguaje universal, a buscar razones en nuestro corazón perplejo y a palpitar "tristezas atónitas" en una navegación milenaria de la conciencia. Razones y tristezas que, definitivamente, proclamarán que "nadie es la luz de la distancia", ni "dueño del color con que atardece".
Adrián Arza | |
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Luego será mañana (en otra habitación) se escribió el 16 de abril de 2006, casi siete días después de la desaparición de Claude Esteban y tres días antes de su cremación. Los poemas aquí vertidos deben su existencia a los versos del poemario
Quelqu´un commence à parler dans une chambre, publicado por Flammarion en 1995.
Cuando Jean-Michel Maulpoix le comunicó a la autora la muerte de Claude Esteban ésta se encontraba en plena relectura de su obra, tomando algunas notas para la preparación de una ponencia sobre su poesía que presentaría en un Congreso dedicado a este poeta, ensayista, traductor y, sobre todo, gran persona, que la Universidad Paris X-Nanterre organizaba desde hace varios meses.
En diciembre de ese año iba a conocer personalmente a Claude Esteban. Por desgracia esto no fue posible. Ni Paris, ni Nanterre, ni ella misma pudieron entonces, ni podrán estrecharle la mano ya nunca, pero su voz sí estará presente, ahora y siempre en el corazón de quienes le conocieron.
Luego será mañana (en otra habitación) es un homenaje al poeta, a su poesía. Por ello Ángela Serna ha querido dedicar las páginas pares a sus versos, incorporando en las páginas impares esos otros versos que, sin saber cómo, le visitaron un 16 de abril, casi siete días después de su desaparición y tres días antes de su cremación. Desde el 19 de abril de 2006, el cementerio Père Lachaise acoge sus cenizas. Descanse en paz. Este poemario es un brindis a su recuerdo, en el que Ángela Serna nos ofrece un sorbo elegiaco en su honor, una andadura íntima por la vida y por la poesía, a la que podemos dar comienzo con esas palabras suyas tan hermosas con las que clausuró
Quelqu´un commence à parler dans une chambre:
Tu étais si belle dans le matin
que j´ai cru que je n´allais pas mourir. | |
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Utilizando las alas de la imaginación que sólo pueden ser otorgadas por la poesía, María Elena Solórzano sigilosa se introduce al estudio de la pintora, la mujer de vanguardia y la amante que fue Frida Kahlo. Observa cómo sus manos trazan ágiles vuelos, ella misma es una mariposa que revolotea dentro de un vergel pletórico de colores, aromas, sabores, plantas y frutos.
Desde la poesía de Solórzano, Frida al igual que las mariposas, sufre una metamorfosis: pasa de ser la protagonista de una historia de dolor sublimado en la pintura, para convertirse en la libertad y la belleza mismas. Es mariposa y bruja oficiante de un vuelo gozoso.
En cada uno de los 37 cantos que componen este poemario, la escritora logra una insólita empatía con la pintora y la celebra más que como a un icono femenino del siglo XX. Solórzano pinta los sueños que Frida seguramente tuvo. La obra recrea la atmósfera del estudio de Frida cuando a solas, deja volar su imaginación y su pincel.
El sentido estético y el oficio de María Elena Solórzano como poeta, están presentes en
Fridamariposa. Es por ello que el poemario en conjunto, puede ser leído desde distintas dimensiones simbólicas y representa una muestra de la madurez de la autora.
Estela Guerra Garnica
Frida Kahlo utilizó la imagen de la mariposa por su múltiple simbolismo, lo cual posibilita diferentes lecturas e interpretaciones de su obra. La mariposa ha sido tomada como símbolo de libertad, de fragilidad, de encarnación de diosas y entre los mexicas eran sagradas, en las leyendas celtas se les mencionan como encarnación de hadas, también son mensajeras divinas o de presagios de bienaventuranza. Representan la liviandad y así les llaman a las mujeres que venden su cuerpo. Las mariposas negras anuncian la muerte.
Frida, pintora mundialmente famosa, fue como una mariposa: frágil y bella. Siempre le rondó la muerte, el infortunio. Convirtió su sufrimiento en arte y en su lecho de dolor se pintó a sí misma, para lo cual hubo de colocar un espejo encima de su cama y trabajar en un caballete adaptado a sus posibilidades de movimiento. Con todo, tuvo la fortaleza de volar con la imaginación,de cantar a la vida, de minimizar el deterioro físico cubriendo sus lastimadas carnes con hermosos vestidos típicos de México y de vivir intensamente. Fue una mujer de vanguardia que jugó a ser hombre y mujer y que buscó con ansiedad la otra mitad de su ser. María Elena Solórzano confiesa: "Todas las mujeres tenemos algo o mucho de Frida y queremos levantar el vuelo como las mariposas para probar todos los néctares y sentir esa libertad que nos da el sentirnos suspendidas en el suave viento de la vida o llevadas por las fuertes ventiscas cuando se desata una tormenta". No duda en reconocer que al realizar la obra sintió la primera frustración de Frida al enfermar de polio, la soledad, el afán de saber y de igualar a los varones más brillantes, el accidente que sufrió y que la dejó más lastimada e inútil que antes, esa sensación de sabernos polvo (nada), su determinación para vivir, su gran amor por Diego y la agonía de sus últimos días, que fueron terribles. Y todos estos sentimientos los vierte en latidos a los versos que conforman
Fridamariposa.
María Elena Solórzano/Adrián Arza | |
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Los secretos del enebro es la recreación poética de varias de las antiguas leyendas célticas más importantes. Generalmente, estas leyendas se clasifican en tres grupos principales, conforme a su cronología, composición y temática. Un primer grupo lo constituirían las Leyendas Primigenias, aquellas que nacieron en la Edad de Hierro y se desarrollaron hasta bien avanzado el imperio romano y que recogen la originalidad de la cosmogonía y mitología celtas; un segundo grupo estaría formado por las Leyendas Nuevas, aquellas que, influenciadas por la hegemonía ideológica del cristianismo, muestran la cosmogonía genuina celta interrelacionada con elementos, héroes y mitos de la cosmovisión cristiana; y por último, un tercer grupo lo integrarían las Leyendas Artúricas, aquellas que se generaron a partir del siglo VI y que se centran básicamente en las andanzas del rey Arturo, este personaje ilustre de la mitología británica y francesa, y en las aventuras de sus caballeros y cortesanos. Solórzano se inspira en algunas leyendas que corresponden exclusivamente a los dos primeros grupos de leyendas mencionados, y se transforma en una peculiar druida que aúna en un único relato poético la fuerza incontestable de la maestra guerrera que adiestra a los y las elegidos/as en la lucha por la vida, con la sabiduría del unicornio y con la belleza de un canto a la naturaleza. Es la druida enseñante del arte de vivir, la druida vidente y filósofa que preconiza el sentido de la existencia humana y profetiza el porvenir y, también, la druida barda, la poetisa que celebra con alegría la fiesta del descubrimiento de los secretos del enebro y baila junto a los héroes y heroínas de la tradición celta Niam, Oisin, Finn, Saba, Angus, Crunden, Conchobar, Cormac, Fuamnach, Macha, Caer, Naisi y Deirdre, en medio del bosque mágico de la poesía, la danza de la noria de los solsticios y los equinoccios y de la armonía de los contrarios. Esta druida viviente sigue el rastro de ceniza del último caldero donde hirvió la carne blanca de la sierva, erigiéndose en la bruja que ofrece al lector un brebaje de amor inconmensurable, pasiones primarias y sentimientos seculares, y haciendo posible que todos estos personajes legendarios renazcan a la poesía, en un sortilegio de poemas modelados, según el ámbito temático de que se trate, a veces con un estilo contenido, pudoroso y hermético, y otras, con un estilo desbordado de significación, voluptuoso y desprendido de tópicos estéticos, poemas que están escritos en pálpitos de latido auténtico, en esencias de íntima verdad y con los colores del alma, y que desvelan a quien los lee el mágico universo interior de la poetisa, un universo en el que resplandece el firmamento estrellado de la poesía. Solórzano, lejos de mostrarse como una poetisa de la abstracción, una profeta de la idealidad, una intrigante de la ecuanimidad o una vendedora del paradigma del bien y del mal, se nos revela como una tejedora de girasoles que hila sueños y verdades en la buhardilla de los elfos, y que anhela degustar la fragancia a luna y madreselva de la poesía, mientras en el gineceo de las flores maduran las palabras que, a la postre, devendrán en metáforas y versos. El resultado es este extraordinario poemario que nos desvela los secretos del enebro.
ADRIÁN ARZA | |
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Juegos de la memoria, poesía para
despertar al dormido, fosforescencia hecha palabras para encontrar la llave que
destrabe los cerrojos del olvido. Este libro nos desafía.
El ser del hombre habita en su memoria, casa de la existencia donde el recuerdo
es ese peregrino que necesita errar, vagar incesantemente para encontrar lo
perdido. Errancia perpetua en el poeta donde la creación -el gesto mismo de
crear- se convierte en otra forma de recordar, de despertar a la vida aquello
que siempre está en pugna con uno mismo. Y se resiste. El crear posibilita,
también, infinitas reconciliaciones. Como el recordar, que nunca es exactamente
aquello que sucedió. La memoria tiene sus juegos. Sus reglas intencionales y
desconocidas. Ningún olvido es casual. Recordar nos permite, al igual que el
crear, darnos cuenta que no hay clausura de la existencia, que siempre
habitaremos en el poema general del universo que es mucho más que el revés del
poema que leemos. Poema que se inscribe en un territorio otro impredecible y tan
real como el juego de los espejos, calidoscopio del pensamiento en la mirada.
Al mismo tiempo que un poeta escribe, le está prestando la mano, su voz, a
tantas voces y manos desconocidas que vagan por la tierra, por su mundo, que son
de todos y no admiten gobierno. En esa elección de vida, que es militar para la
poesía, aceptando la elección que le precede (porque la poesía es anterior al
poeta) el hombre testimonia el canto y el llanto de su tierra, de los otros. Hay
un punto en que su ductilidad es tal que una palabra respira el aroma de una
magnolia o un río incesante corre por la cadencia de su poema. Así va
apareciendo la historia de un poeta, de su patria, acariciando la tierra y la
existencia misma. Así nos desafía Reynaldo Uribe a pensar el mundo. Su firme
militancia por la vida le ha dado, entre otras cosas, la posibilidad del
pensamiento agudo, profundo, y esto aparece en la estructura general de sus
poemas por lo cual es algo mas que poesía escrita -palabra aferrada al papel-,
es palabra liberada de sus prisiones y devuelta al mundo con dignidad
resignificada.
Mónica Muñoz | |
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Heinrich Böll decía, refiriéndose a la situación de los escritores alemanes de posguerra: “Se debiera saber algo que es mucho más atinado, es decir: la búsqueda de un lenguaje habitable dentro de un país habitable”.
Una definición, que hoy continúa vigente en nuestra sociedad. “La generación más reciente tiene que trabajar con empeño, tiene que hallar la salida, tiene que hacer habitable este país también en el plano de la literatura. Un país es habitado y habitable cuando uno puede sentir nostalgia por él”.
Y yo pregunto, ¿quién puede añorar la última década de nuestro país? Pero tanto ellos (los sobrevivientes de la segunda guerra) como nosotros, hemos dejado —porque era nuestro deber para las futuras generaciones— testimonio del horror.
“A los que no pudieron escribir su último poema”. Así comienza resistencia, de Reynaldo H. Uribe: con una dedicatoria despojada de todo artificio; el destinatario implícito es el ausente.
El título coincide con el tema central de la obra: la “resistencia” que surge de parte del hombre aislado por la represión frente a una sociedad no elegida que lo oprime y margina; como contrapartida está la búsqueda, a veces infructuosa y otras desesperada, por rescatar la dignidad humana.
Este tema se desarrolla mediante dos ejes semánticos contrapuestos: individuo versus sociedad, que corresponde a la oposición eros-tanatos.
Los motivos que representan esa sociedad deshumanizada serán entonces: la corrupción (“No hay / un solo rincón / uno / donde la lágrima / permanezca intacta / limpia /ella”); el exterminio (“que devora los últimos poemas”), el amor degradado (“alguien quiere / que el amor / sea una rata...”); el poder (“cuidado nuevos dioses / con programar amaneceres...”).
En contraposición, aparece el segundo eje semántico representado por los sentimientos más íntimos de la condición humana: la lucha (“se puede / aún / resucitar el sol”); los sueños (“los sueños / de hoy / son pájaros / sin cielo”); la tristeza (“cuando vea una rosa / y esté solo”).
Poesía nominal, libre de toda retórica, utilización precisa de la síntesis. Emplea un lenguaje desgarrado, ícono de esa realidad. Intenta desde el plano de la escritura plasmar la represión vivida cotidianamente; para esto se vale de imágenes expresionistas como “alguien quiere que el amor sea una rata...” o “no sé / si prostitución / es abrir las piernas / o cerrar los ojos”.
Tal vez uno de los hallazgos más sorprendentes de resistencia es que en ningún momento menciona el referente real, sino que está implícito en cada palabra o frase del poemario. No hay protesta fácil sino un reclamo justo del hombre hacia el hombre.
Esta segunda edición significa, en este caso, mucho más que una cantidad de volúmenes vendidos; implica a un lector, a un coautor que ha sobrevivido, que ha elaborado su propia “resistencia”.
Ana Victoria Lovell | |
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Casa de vidrio es un poemario de Reynaldo Uribe. "Arte poética" inaugura la serie y presiona como el manifiesto lírico de quien ha rozado tierra firme y apuesta a defender ese lugar: Yo llevo tranquilamente / mi alma en un plato / al almuerzo de los años futuros. ¿Qué características rodean dicho lugar? Quizás el del cuartito de atrás -la metáfora le pertenece- donde las herramientas familiares potencian los trabajos más gratificantes. Allí se alimenta la resistencia. Resistencia a la intemperancia de una época, donde el ruido del mundo ha ensordecido la voz de las utopías. Resistencia a no dejar de ser uno mismo.
Parece oficiar como portada y cierre de los poemas que le suceden, y nos invita a un recorrido por sucesivas etapas o estaciones existenciales que se insinúan en el resto de la muestra lírica.
Su imagen poética dominante concentra el croquis de un proyecto ético. El alma=plato es una invitación, es circular como la amistad, proscribe la arista -siempre mezquina y discriminatoria-, tiene un centro, pero está abierta y disponible. Aparece como un exorcismo de todas las formas de la muerte.
Enhebran el resto de los poemas un mismo vibrar: la emoción se hace palabra, pero cuando lo visceral presiona busca la sentencia más clara. Ausculta sin concesiones, pero manifiesta con parsimoniosa calidez. Da vuelta en sus pensamientos pero no revuelve una retórica.
Su imaginación roza lo visionario, pero urbaniza sus escenarios significativos. Esta urbanización visionaria tiene un centro simbólico, la "casa materna", ese Paraíso perdido donde se respiraba la inmortalidad, que es sólo un apunte fugaz en el recorrido azaroso del existir humano como constante expulsión, hasta enfrentarnos con los límites del último umbral ("El riesgo de lo vivo").
Entre estos dos hitos -Paraíso perdido y "último umbral"- está la intemperie de las calles ciudadanas ("Otoño", "Poeta por la ciudad") en cuyas veredas se acumulan el saldo, lo descartable, el olor y el detritus de la soledad que es igual en todas las esquinas del mundo, cuando las ensombrece alguna injusticia.
En esta polis de los desesperados, desestimada por apresuramiento de los que tejen lazos en la polis de los satisfechos, la acumulación cierra toda garganta: Las palabras caídas / mientras tanto siguen allí en la alcantarilla / tapando las hojas secas que caen tapando / a las palabras que caen y nadie / está dispuesto a recoger. ("Otoño")Aquí aparece una figura fundamental: el testigo. El poeta alude sin estridencias a una misión, la de ser un militante de la memoria, porque puede reconstruir "ventanas" entre el ahora y el mañana ("Los testigos").
El mapa de la ciudad es una manera de situar y sitiar su morada, que no es sino el recinto de otro límite: "el espejo", duplicación del rostro y de su historia ("De espejos, poemas y suicidios"). La instancia del "espejo" es el tópico donde confluyen todas las preguntas.
Pero no deja de lado otros elementos protagónicos: los conspiradores, los monstruos, los fantasmas que anidan en la sombra o aparecen en distintas formas de opresión. Sólo el amor es el paliativo y el alimento de la resistencia. Porque amar es conspirar o respirar juntos, la forma más consistente de vibrar al unísono, de consolidar la fuerza.
Pero en este forcejeo entre esa plenitud amorosa -última y cristalizada trinchera de la resistencia- y la intemperie, donde asedian la soledad, la incomprensión, los fantasmas, los conspiradores, hay una tensa espera ("Alguien"). "Alguien" es un anónimo y azaroso paladín de la esperanza, "alguien" que pueda reemplazar al centrofoward que murió al amanecer, tomar su lugar y dar con la jugada certera que revierta la derrota de la justicia.
Reynaldo Uribe arquitectura sus imágenes con símiles de la construcción urbana: ciudad, calles, casa-morada, espejo, ventana, cerrojo, umbral. El lector percibe que es convocado a un recorrido que no le es ajeno, es su propio transitar desde el mundo hacia su soledad. El poeta señala al espejo como testigo o como barrera infranqueable, a la ventana como bisagra para pivotear entre la memoria y el futuro, pero sintetiza en la imagen del cerrojo tenaz ("Cerrojos") sus propias posibilidades liberadoras: encontrar la llave extraviada que se parece a una palabra.
Inés Santa Cruz
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He dejado que las palabras silenciosas de la noche/ se deslicen por una gárgola infinita hacia el corazón/ que habita en el centro de tu pecho/¡Que bella esa mujer dormida con su desnudez crepuscular!/Una y mil veces he besado su cuello dormido/ Una y mil veces he recorrido suavemente su cuerpo sin despertarla/ He dejado que la memoria se inserte en mis manos/ He custodiado su sueño en una vigilia intensa mientras ella…/ Ella duerme sosegada/ abrigada de candor. Un sentir propio/ Musical/ Transformado en permanencia renovada/ Consagrada en ir y venir/ Largo viaje silencioso/ Una nota templada en cuerdas de guitarra//Un rostro diluido en néctar/ Un todo/ Rugido de esperanza/ Una llave olvidada/ herrumbrada por el tiempo/ Cuatro barcos soñando en aguas calmas/ se desplazan en silencio/ ante cientos de espigas plateadas/ Quietas/ Expectantes/ Formadas simulan ejércitos en alerta/ Visiones invisibles/ Calidez de contraste/ Armonía/ Sugestivas muestras de impactante vida/ Camino inexplorado del ser/ Una sorpresa/ Una promesa/ Un viento suave/ Remeda brisas envolventes de misterio/ ¡Que bello!.... /Imágenes encaramadas/ Envueltas/ Casi prisioneras sin ataduras visibles/ Libres ellas/ y a su vez/ esclavas del arte/ Imagen de recuerdo/ Misterio de color.
Gustavo Vaca Narvaja | |
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Amórfor es un libro que se ampara en el acto puro de quebrantar o de cambiar algo mediante la ejecución. No hay nada pasivo. Porque no se entiende la ley o porque no se ve el límite de proseguir. Las consecuencias. Para este caso pecado y pureza son sinónimos absolutos. En esa mal entendida pero vital liberación que implica infringir una ley, humana o divina (para todo lo que no entendemos), por el "simple" hecho de ser naturaleza en naturaleza. O alguien le va a decir a una rara mariposa: Espérame en esa flor que voy a traer la cámara para tomarte una foto. Todo lo posible la naturaleza lo permite. Vivimos en el mundo imaginario y no en el real. Los versos están tan medidos que se tornan desafiantes para la forma en que pueden verse. Es mi manera de mostrarle al mundo que no hay nada que germine en nuestra mente y que no sea posible de realización. Y esto porque el estado de pensar también es una acción natural. De la naturaleza. De la filosofía si se quiere. | |
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El conjunto de poemas que he titulado Facción de imperdido al arte resuma en el descontrol. En ese orden "aparente" que nos envuelve por reconocimiento. En la pérdida de ese orden para ver otros. Se revela la probabilidad de ya no creer en nada. Ni en vida ni en muerte. Se desarrolla las antípodas de nuestra especie para ver por los ojos de otros hombres más distantes, más fuertes, más imaginarios que nosotros. En camino a la última guerra, el sempiterno atardecer. Y tal vez alguna lograda libertad.
La escenografía de espejismos que articula Facción de imperdido al arte enfatiza la batalla contra las sombras de una mecánica impuesta por códigos inútiles, por ineficaces programas que sólo recortan los innumerables puntos de mira ante una realidad asfixiante y caduca. El libro invita al lector a ser partícipe de un esquema liberador de potencias interiores para derrocar la falsa validez de lo visible, para celebrar nuevamente la contradanza frente al fuego y los elementos, para por fin "revivir el inconsciente una y otra vez
atropellado". Chrystian Zegarra
Un mundo de violencia verbal atraviesa el libro de principio a fin... El poeta sufre y ese sufrimiento lo hace escribir los poemas que ha escrito y que nos conmueve, precisamente, porque luchar por la justicia forma parte de una moral o de un estilo de vida que permite transformar las cosas a imagen de lo
deseado. Enrique Verástegui
Salomón Valderrama Cruz es un poeta 'víctima' del torrente, de la incontrolable inundación en que nada, se hunde, traga agua, palabras, barbotea y se deja arrastrar por la visión desesperada de decirlo todo. Saludo a un nuevo poeta... que ya era hora de relevar la guardia. No es egoísta, sino generoso como su propio vendaval poético, incluye en el anaquel de su historia a todos los que puede -quiénes algún día se felicitarán y tendrán que estar a la altura de ese honor. Sigue soñando poesía, poeta, me has alegrado la
vida. Cecilia Bustamante | |
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Una sed infinita de beber en los cauces de la "verdadera poesía" instan e impelen a Camilo Valverde-Mudarra en su tarea creativa. Él recorre, sin estridencias,, con su mochila repleta de pálpitos e ilusión, la senda que tantos y tantos poetas, preocupados por el sentido de la labor poética, dejaron insinuada en la superficie de la mar. Sigue su estela quebradiza y, como ellos, camina a tientas sobre las aguas de su propio piélago poético, sin hundirse, con la mirada hendiendo la calígine que borra el horizonte donde reverdecen los campos de la tierra de promisión literaria. F. G. Lorca, en carta a J. Guillén (9-9- 26), dice: "El mar empequeñecido y los marineros de jalea de muchas poesías recientes se ahogan en esta monótona y depurada "agua duramente verde” que va como un friso de mármol al sitio eterno y simpático de la verdadera poesía que es amor, esfuerzo y renunciamiento”. Tal sitio eterno se encuentra en la maravillosa cadencia del "dezilde que adolezco, peno y muero" de S. J. de la Cruz o en la conjunción calificativa del "verde que te quiero verde" de Federico. La emoción poética se plasma en hondura fehaciente cuando los versos de estos dos sublimes poetas nos inundan y sobrecogen. Ciertamente, la poesía, la verdadera ondulación lírica, reside en el amor, en el esfuerzo y el sacrificio.
Camilo Valverde, por su parte, cumple sin duda esta triada de requisitos, y en este poemario ofrece al lector la emoción y la vibración líricas que rozan los ámbitos de aquella "verdadera poesía" que camina al lugar "eterno y simpático" a que alude la expresión lorquiana. Así ocurre con "Arrecifes del alma". El poemario consta de cuatro partes, muestra y principio de diferentes proyectos. Renunciando a la unidad temática, Valverde-Mudarra ha optado por esta estructura para reflejar otras posibilidades y otros poemarios que duermen empolvados esperando sacudirse la obscuridad y hallar ocasiones propicias a la voz del “Exi foras”. | |
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Silencios es una introspección caleidoscópica en la conciencia del autor, que se revela en una expresión poética de su interpretación del mundo. Es un diálogo íntimo con los seres inertes, esos seres sin vida que forman parte de nosotros mismos, y que es necesario mirar, sentir y pensar para conocernos mejor. Así, por ejemplo, un viejo zapato informe tirado en la esquina de una acera es algo más que cuero amorfo, es la manifestación del sin sentido de un objeto inútil. Sugiere la soledad y el abandono de quien ha perdido su pareja, aunque también nos permite imaginar las veces que fue charol en el que se miraba la luna. Una concha vacía que arriba a la playa es una tumba en el cementerio de las conchas, mas pronto se convierte en el hogar de un cangrejo solitario. Una pequeña piedra perdida en cualquier camino es ciertamente insignificante; pero, cuando la luna se refleja en su piel mojada por el rocío, se torna en una luciérnaga de plata que titila con luz trémula. Un piano abandonado en una casa deshabitada es como un ataúd guardado en un mausoleo, es la muerte que desola el cuarto de la música. Y si quisiéramos hablar con ellos, su respuesta sería el silencio. El silencio de una boca abierta en forma de puntera rota que esconde una lengua abarquillada y muda. El silencio que presagia la presencia de un cadáver. El silencio de quien perdura hundido en el barro o a golpes de puntapié. El silencio de una sonrisa de hielo, la misma que esboza el piano que muestra una dentadura perfecta e impoluta, que no es sino la mueca de una calavera.
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Cartas a Fan es la expresión poética de los cinco estadios de una experiencia amorosa vivida desde la distancia.
El salitre en la piel, las brumas de la ausencia, el tuétano de los huesos hecho lumbre, la horma del zapato de una ola y la suavidad de los pétalos de la margarita del reencuentro podrían ser los nombres de estos estadios. | |
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En Morada de mi sombra Emilse Zorzut se zambulle en la profundidad de su propia sombra, o lo que es lo mismo: muestra su más íntima realidad, el auténtico pálpito de su entraña, a través de las formas que adquiere su sombra proyectada desde todos los posibles prismas lumínicos. Decía J. Ortega y Gaset que el individuo humano se conformaba por él mismo y su circunstancia; L. Wittgenstein, por su parte, afirmaba que éste se constituía por él mismo y su mundo; asimismo, J. P. Sartre sostenía que el individuo humano era proyección existencial y que su esencia se explicitaba a la conclusión del proyecto de vida que cada individuo humano es. Pues bien, Emilse Zorzut viene a decirnos, por medio de versos de extraordinaria factura e insólitas metáforas, que ella no es sino ella misma y su propia sombra en todas y cada una de sus posibles proyecciones.
Esta sombra se manifiesta en múltiples formas y en espacios diversos, así p. e., en una corona de guirnaldas o en las espinas del tallo de una rosa, en la espalda de un ser miserable o en los pies del ser amado, en la superficie de la mar o en el rincón del dormitorio, etc... A veces es una sombra pendenciera, despiadada, casi inhumana, que la acorrala en la reserva de sus sentimientos; otras veces se extiende en un abrazo al infinito; otras, es la imagen del silencio, un rayo de oscuridad que atraviesa el corazón, ajeno e indiferente; otras, reverbera en el murmullo de las aguas de un río; otras resulta taimada y traicionera, y apuntala el dolor del alma; otras, se presenta extraña y enigmática, como un halo de misterio que cautiva sus sueños; otras, es el filo de la daga que amenazante empuña la adversidad; y otras, es tierna caricia, reflujo de luna... Sí, ciertamente, Emilse Zorzut es la morada de su sombra, un templo único e inefable que se significa en una umbría polimorfa, en un baile de sombras propias que crecen hasta confundirse con lo inabarcable y se contraen hasta concentrarse en un punto de noche bajo los pies, que se desplazan avanzando el perfil del futuro u hostigando a la espalda con la rémora del pasado, que se insinúan en la distancia y se aquilatan en los ojos de los más próximos a ella, y que embruman los sentidos con su voracidad de tiniebla o se desvanecen al calor de un beso.
Adrián Arza | |
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