POEMAS Nicolás Zimarro
SOBRE LA MESA HAY UNA PLUMA
Sobre la mesa hay una pluma
y una hoja de papel.
los útiles de Dios
que obran el prodigio del parto de un poema
y de la presencia en metáforas
del principio de la vida.
¡Qué terroríficas armas
en manos de un poeta visionario!
Armas para crear galaxias de amor libre,
y para variar la órbita de los planetas.
Armas para aniquilar mentiras y espantos
y para vertebrar la eternidad.
Miro la blanca cuartilla.
y veo la realidad desierta.
Veo el espacio vacío
de un universo increado,
un agujero negro de miedos y odios,
la tiniebla de las frustraciones…
Después, observo la pluma encarnada en acero.
Y pienso que esconde en su entraña
el aliento del orden cósmico,
la fuerza de la luz y la esencia del tiempo
palpitando con la cadencia
de los latidos del lenguaje.
Todo lo que existe.
Todo lo que es posible:
Columnas infinitas de palabras,
sueños,
caricias
y sentimientos en tinta…
Todo lo que podría escribir
está en un cartucho de plástico
relleno con sangre negra.
Sangre de recuerdos.
Sangre de futuro.
Sangre de pasión bruta.
Al fin, tomo la pluma en mis dedos.
Y me enfrento solo a los límites del mundo,
encarando el horizonte
de las verdades inefables.
Y de su punta brota este verso:
¡SILENCIO! COMIENZA LA TRAGEDIA.
(Del poemario “Cartas a Fan”)
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AQUEL DÍA DE MARZO
Llovió agua de náusea
aquel día de marzo,
agua de soledad,
tormenta de hielo.
Llovió horror
de primavera furtiva,
lluvia de angustia,
lluvia de espanto,
lluvia de amaneceres
con los cielos siempre cubiertos.
Llovió ríos
de lágrimas y desdicha,
un aguacero
de sangre en las manos,
un diluvio
de ausencias en el tiempo.
Llovió muerte
en el alero desvencijado de la vida.
Ahora, los truenos reverberan
en lamentos callados
que brotan en gotas de sudor frío,
de desaliento,
de desesperanza
y de agonía;
en gotas de silencios,
gotas de humores extraños
que se escurren en hilos de bilis
por las grietas del miedo,
y anegan los corazones
de hiel e inquina.
Ahora, no llueve en la ciudad. Es el futuro.
Y la tragedia será una obra de teatro,
un artículo de opinión en un diario.
Será un infierno
para quienes han de vivir
la deshora continua de una pesadilla.
(Del poemario “El ser vencido”)
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GUITARRA, YACES EN EL SUELO
Guitarra, yaces en el suelo.
Malherida.
Sangrando notas mudas por el vientre.
Un hombre, presa de la canícula,
ahíto de falsa hombría y huera soberbia,
te golpeó contra una piedra.
Y estás ahí. Moribuna. Rota.
Tu piel, tu cuello y tu cintura
ya no serán de nadie.
De nadie, mártir del amor.
Porque el viento se ha llevado tu último acorde,
el beso definitivo.
De nadie,
guitarra muerta.
Nunca más.
Hoy, luego, ante tu cadáver,
la alegría, las confidencias y las caricias
se ahogarán en el sopor de una noche de estío;
las sonrisas serán una mueca de dolor;
los susurros, sollozos;
y los dedos, frías agujas de cristal.
Hoy, sí, tu amante te llorará en silencio.
Y las lágrimas no vertidas
serán la savia del árbol de los recuerdos.
Y la carraca de una cigarra será su voz,
la elegía recitada, noche tras noche,
a ritmo de letanía.
(Del poemario “Silencios”)
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COMO DOS DISPAROS EN LA BOCA
Como dos disparos en la boca
son el silencio de las palabras,
como una ráfaga de metralleta
es lo más contrario a una oración,
así tú,
soga de la horca,
eres lo absolutamente contrapuesto
a la esperanza.
¡Cuántos besos
ahogados en la boca de tu lazo!
¡Cuántos poemas
estrangulados por tu nudo corredizo!
¡Cuántas vidas
precipitadas al vacío!
¡Cuántos muertos
a menos de un metro del suelo!
Estás ahí, cuerda fatal,
colgada del brazo patibulario,
amenazante y terrible,
a la espera de un nuevo holocausto,
como la serpiente que cuelga del árbol
(impávida,
mortífera)
al acecho de la próxima víctima.
Pero, ¡nunca debiste existir, soga,
fiel de la balanza de la muerte!
¡Nunca debió morir nadie,
en nombre de la justicia!
Porque los hombres y mujeres son aliento
y sangre circulando por las venas.
Porque los hombres y mujeres son amor,
palabra, besos, esperanza y poesía.
(Del poemario “Silencios”)
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DAGA DAMASQUINA
Daga damasquina,
eres un singular espejo
en el que me miro y veo la muerte.
La muerte en tus dos caras.
La muerte en tu hoja cortante.
La muerte en tu aguda punta.
Eres una luna que empuño tembloroso.
La luna de los asesinos.
La luna de las traiciones.
Una luna que hiede a sangre.
Sangre derramada en antiguos holocaustos.
Sangre que fue la savia de las flores del mal.
Por tu filo,
luna de plata,
resbalan cadáveres
y rostros cenicientos
de mujeres y hombres degollados.
Por eso, daga, tu nombre es horror.
Horror milenario
estampado en una luna de metal.
Horror
que la pátina del tiempo
ha revestido de misterio
y de silencio.
Horror que en este poema es denuncia.
Horror que enterraré para siempre,
cuando te clave en tierra de nadie.
Donde la luna no esté ensangrentada.
Donde los seres humanos no maten.
Donde simplemente mueran.
(Del poemario “Silencios”)
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CHABOLA
Chabola
del arrabal,
en el gancho de tu puerta
cuelgan inviernos perpetuos
que llegan hasta el suelo de tierra
y lo escarchan.
Tus paredes tiritan a golpe de trueno
(con un temblor de cuerpo frío),
como el hombre que te habita,
que tiembla, acurrucado en un catre,
tiembla
porque tiene el tuétano de los huesos hecho hielo.
Llueve sobre tu tejado.
Siempre llueve.
Llueve sobre el tejado roto de la vida.
Y por los gotarios penetra el agua
que moja la noche del vagabundo
que está ahí,
en tu interior,
útero de chapa y madera,
esperando a que amaine la tormenta
y aclare el día,
para volver a nacer mañana
y hundirse de nuevo en el barro.
(Del poemario “Silencios”)
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